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Crítica de "Venom": Otra vez sopa

Ya pasó con "Escuadrón Suicida" (Suicide Squad, 2016): los rivales de Marvel contestan sus películas de superhéroes con películas sobre antihéroes en un intento por acaparar el nicho oscuro e irreverente que Iron Man, el Capitán América y sus amigos no poseen, pero el resultado es pura bravata. "Venom" (2018) cuenta con una premisa bizarra pero sigue un guión rutinario y su ejecución es mucho más genérica de lo pretendido.

Crítica de "Venom": Otra vez sopa
viernes 03 de abril de 2026

Como Escuadrón Suicida, la película fue víctima del manoseo de la junta directiva de Sony desde el inicio. Tras una década de producción infernal, Venom se estrena con clasificación +13 en lugar de la pretendida +18 y con buena parte del material descartado —la mejor parte, según Tom Hardy, productor y estrella de la película—. Mientras tanto, los ejecutivos de Sony invocaron los nombres de John Carpenter y David Cronenberg como quien reclama la ayuda de los dioses, pero nada de lo que aparece en pantalla evoca su universo más que de una forma cosmética.

Eddie Brock (Hardy) es un periodista que lo tiene todo y que, en tiempo récord, lo pierde todo tras acusar al líder de una poderosa corporación de realizar experimentos inhumanos. Sin novia ni carrera, y condenado a un dos ambientes en San Francisco bastante menos vistoso que el de su vida anterior, Brock se infiltra en la corporación en busca de pruebas y sale convertido, de manera involuntaria, en el portador del voraz parásito extraterrestre que da nombre a la película. Venom es el Hyde —o el Hulk— de Brock: una criatura demoníaca hecha de dientes y tentáculos que se apodera de Eddie para violentar maleantes y, de vez en cuando, comerse sus cabezas.

Los mejores momentos de Venom son, invariablemente, cortesía de Tom Hardy, que una vez más demuestra lo bien que interpreta a alguien falto de amor —propio o ajeno— y al borde del derrumbe. Ya sea intentando pilotear la esquizofrenia de hospedar a Venom o sucumbiendo a los impulsos surrealistas del monstruo, el actor compone con precisión a un perdedor querible y mucho más creíble que la autocompasión impostada que promulga la mayoría de los Übermensch de los cómics. Pero por más que cargue la película sobre sus hombros, su presencia no alcanza para salvarla.

La premisa es lo suficientemente absurda como para exigir un enfoque más cómico y desinhibido del que la película finalmente adopta. El villano, por ejemplo, es un científico que quiere fusionar hombres con alienígenas para vender bienes raíces en el espacio, y Riz Ahmed lo interpreta con una seriedad que aplana cualquier desborde posible. La otra opción habría sido entregarse de lleno a la oscuridad que la película apenas insinúa, en lugar de jugar a lo seguro. El espíritu y la estética de Venom remiten a una sensibilidad grotesca cercana a films como Spawn (1997) y Blade (1998), pero el guion avanza, paso a paso, por el mismo arco narrativo con el que el cine de superhéroes retrató casi todas sus historias de origen durante la última década.

Venom entretiene a pesar de su caos —o quizá gracias a él—, pero también funciona como un testimonio del potencial desperdiciado del proyecto. La escena postcréditos introduce a un villano prometedor, interpretado por un gran actor, y deja flotando una pregunta: por qué la película no lo utilizó como punto de partida en vez de reservarlo con mezquindad para una secuela. Las decepciones se acumulan. Ruben Fleischer no demuestra aquí la inventiva de Tierra de zombies (Zombieland, 2009) para generar humor o tensión; los momentos más absurdos o más cercanos al terror quedan aplanados por la rutina del material; el imponente Venom es reducido a una versión casi infantil; y Tom Hardy termina solo, remando un barco que se hunde.

4.0
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