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Crítica de "El infiltrado T2": una secuela que dialoga con su propia sombra

La segunda temporada de "El infiltrado" retoma a Jonathan Pine diez años después y desplaza la acción a Colombia. Entre el peso del legado, un nuevo villano y una televisión transformada, la serie busca justificar su regreso sin alcanzar la potencia de la primera entrega.

Crítica de "El infiltrado T2": una secuela que dialoga con su propia sombra
EscribiendoCine-Noticine
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lunes 12 de enero de 2026

El regreso de El infiltrado (The Night Manager, 2026) después de una década no pasa inadvertido, aunque llega condicionado por su propio antecedente. La segunda temporada, ambientada en Colombia e integrada por intérpretes latinoamericanos como Diego Calva, Alberto Ammann, Unax Ugalde, Cristina Umaña y Erik Rodríguez, se mueve entre la necesidad de dialogar con aquello que definió a la serie original y la exigencia de actualizarse en un escenario televisivo saturado de relatos de espionaje. Lo que en 2016 parecía un terreno poco transitado hoy forma parte de un catálogo amplio y reiterado, y esta continuación debe explicar su sentido más allá de la persistencia de una marca reconocible.

La trama propone el regreso de Jonathan Pine, otra vez interpretado por Tom Hiddleston, ahora atravesado por las consecuencias del pasado. Ya no ocupa el lugar del gerente nocturno en hoteles de lujo, sino el de un funcionario al frente de una unidad de vigilancia remota, los “Night Owls”, que observa operaciones a distancia desde un edificio londinense. La idea introduce una línea vinculada al desgaste del espionaje y a sus secuelas, pero la serie pronto parece abandonar ese camino para devolver a Pine al terreno de la infiltración, esta vez dentro del entorno de Teddy Dos Santos, empresario colombiano ligado al tráfico de armas, encarnado por Diego Calva.

Uno de los límites más evidentes de la temporada aparece en la construcción de esta nueva figura antagonista. Dos Santos no alcanza el espesor dramático ni la carga simbólica que Hugh Laurie había construido con Richard Roper. En la primera temporada, el villano funcionaba como síntesis de un sistema de poder cínico y global. Aquí, el conflicto se vuelve más convencional y menos incisivo. Los flashbacks dedicados a Roper intentan compensar esa ausencia, pero terminan reforzando la comparación y subrayando la falta de un contrapunto de igual peso.

El relato encuentra mayor densidad en la relación entre Pine, Dos Santos y Roxana Bolaños, personaje interpretado por Camila Morrone. En ese triángulo, la serie se permite correrse del esquema clásico del thriller de espionaje para explorar vínculos atravesados por la desconfianza, la atracción y la fragilidad. La interacción entre Hiddleston y Calva se sostiene en una tensión que excede lo funcional a la misión, mientras que Morrone introduce una figura cuya posición nunca resulta del todo legible, desplazando el suspenso hacia una dimensión más íntima que geopolítica.

Ese trabajo sobre el engaño, la cercanía y la exposición emocional constituye el aporte más consistente de esta segunda temporada. Frente a una producción seriada que suele priorizar la acumulación de giros, El infiltrado opta por detenerse en los efectos subjetivos del doble juego y en la dinámica corporal del espionaje. La puesta en escena, a cargo de Georgi Banks-Davies y William Oldroyd, acompaña esa decisión con escenas donde el riesgo y la intimidad conviven sin subrayados.

El problema aparece en la arquitectura narrativa. El inicio se extiende durante varios episodios antes de articular un conflicto reconocible y enlazar con el arco previo. Ese desarrollo pausado exige una paciencia que no siempre encuentra recompensa, sobre todo cuando los personajes secundarios del MI6 —interpretados por figuras como Indira Varma o Paul Chahidi— quedan reducidos a funciones instrumentales dentro de la obsesión de Pine.

La segunda temporada de El infiltrado conserva los rasgos formales que definieron a la serie: desplazamientos internacionales, tramas de alto riesgo y una narrativa apoyada en la infiltración. Sin embargo, le cuesta recuperar la singularidad que la volvió relevante. Funciona como una continuación sólida en términos de producción y con algunos desvíos interesantes hacia lo psicológico, pero deja abierta una pregunta incómoda: si no era preferible preservar la fuerza de un cierre antes que prolongar una historia que ya había dicho lo esencial.

6.0
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