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Crítica de "Mi amigo el dragón": La magia que persiste en el bosque

Son odiosas las comparaciones, no hay nada peor que hablar de un film y medirlo con otro pero se hace inevitable al analizar "Mi amigo el dragón" (Pete’s Dragon, 2016). Remake de la cinta del mismo nombre de 1977, nos hace pensar en "El buen amigo gigante" (The BFG, 2016) la reciente película que Steven Spielberg realizó para los estudios Disney tomando el clásico cuento de Roald Dahl.

Crítica de "Mi amigo el dragón": La magia que persiste en el bosque
domingo 04 de enero de 2026

El director de E.T. El extraterrestre (1982) intentó realizar un film dirigido, principalmente, a una generación que en los años ochenta creció viendo cine familiar de aventuras. El resultado, sin embargo, no logró plasmar en imágenes la nostalgia que sí transmite Mi amigo el dragón, de David Lowery, una película centrada en el vínculo entre un niño llamado Pete (Oakes Fegley) y Elliot, un dragón gigante.

La historia de Mi amigo el dragón comienza con un giro drástico para Pete, uno de esos a los que Disney ha recurrido históricamente: la muerte de los padres y la orfandad como motor narrativo. Ese punto de partida marca la necesidad de establecer un lazo con un dragón verde, misterioso y mágico, en medio del bosque. Tiempo después del primer encuentro, el relato se desplaza hacia un pequeño pueblo maderero donde un anciano (Robert Redford) continúa fascinando a los niños locales con historias de dragones y con el recuerdo de haber visto a uno de ellos sobrevolar los árboles.

Cuando, por azar, un grupo de cazadores encabezado por Gavin (Karl Urban) descubre a Pete y a Elliot en medio de la nada, la posibilidad de capturar al dragón aparece como una oportunidad para alcanzar fama y dinero, sin medir las consecuencias de ese acto.

Lowery construye con claridad los dos mundos que se enfrentan en este relato: la urbanización como espacio regido por la lógica del aprovechamiento y el bosque como territorio donde los vínculos se fortalecen. Esa oposición se refuerza mediante tomas aéreas y planos amplios que exhiben la dimensión de Elliot en contraste con la escala humana. En esa construcción también se filtra una nostalgia por aquello que ya no está, una sensibilidad que el cine y la televisión vienen trabajando desde hace años, con ejemplos visibles en distintas producciones contemporáneas.

Las imágenes remiten a una tradición de relatos sobre la amistad entre un niño y un ser diferente, presente en títulos emblemáticos del cine de los años ochenta, pero también en propuestas más recientes del propio estudio. En los intentos insistentes de Gavin por capturar al dragón, guiado por la ambición, aparece además una resonancia con el mito de King Kong: la figura del hombre que busca dominar lo desconocido para reafirmar su lugar en el mundo.

Mi amigo el dragón se presenta así como una de las propuestas familiares más atendibles de la producción cinematográfica reciente, sostenida en una idea simple y persistente: todavía hay magia en el bosque, si se sabe dónde buscarla.

8.0
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