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Crítica de "Maze Runner: Prueba de fuego": Perdidos sin en el laberinto

La segunda entrega de "Maze Runner" expande el mundo creado por James Dashner y desplaza la acción fuera del laberinto, pero la huida permanente limita el desarrollo del conflicto y redefine el rumbo de la saga. la distopía adolescente imaginada por James Dashner planteaba su universo en el cine.

Crítica de "Maze Runner: Prueba de fuego": Perdidos sin en el laberinto
domingo 30 de noviembre de 2025

Cuando Maze Runner llegó al cine en 2014, su propuesta visual y la construcción de un universo distópico juvenil ofrecieron un ingreso atractivo al mundo concebido por James Dashner. La adaptación funcionó como una puerta de entrada a la lectura para un sector de jóvenes que encontraba en estas sagas una vía de contacto con la literatura. A diferencia de otras transposiciones, la primera entrega mantuvo una narrativa lineal sostenida por un trabajo visual que aportaba tensión y un uso definido del fuera de campo como generador de suspenso. La lucha de los “larchos” por escapar del laberinto proponía un relato centrado en el misterio, la acción y la desorientación deliberada, con ecos de la vigilancia total de George Orwell.

En Maze Runner: Prueba de fuego (Maze Runner: The Scorch Trials, 2015), ese punto de partida se desplaza. Los protagonistas ya no están encerrados: el laberinto queda atrás y el desafío se instala en un escenario devastado donde WICKED ejerce control absoluto. La búsqueda de respuestas y la necesidad de construir identidad se vuelven el motor del relato. Sin memoria del pasado, los jóvenes avanzan hacia un horizonte incierto que solo devuelve fragmentos, nunca certezas. En esa deriva, los restos de la humanidad aparecen convertidos en amenaza: cuerpos que se funden con las ruinas y persiguen al grupo con una ferocidad que remite más al imaginario del apocalipsis zombi que a la lógica distópica de la primera entrega.

La película utiliza la huida como estructura dominante. Mientras Thomas (Dylan O'Brien) intenta conducir al grupo hacia un lugar seguro, cada figura adulta que aparece —Janson (Aidan Gillen), Ava Paige (Patricia Clarkson)— actúa desde una posición de manipulación, ocultando información clave. La tensión entre los protagonistas se profundiza a medida que la acción avanza, y la relación central se ve afectada por decisiones que los enfrentan, impulsados por la urgencia de sobrevivir en un territorio hostil.

Wes Ball retoma la dirección, aunque en esta segunda parte el dispositivo narrativo pierde novedad. Donde antes había una combinación de distopía, relato de encierro y guiños visuales que ampliaban el universo —con homenajes a Star Wars, Flash Gordon y otros referentes del género—, aquí la película se desliza hacia un registro más cercano a The Walking Dead y Fear the Walking Dead, con criaturas y dinámicas reconocibles para cualquier espectador del género postapocalíptico. El camino iniciado por la saga se abre, pero no profundiza su singularidad.

Los seguidores del universo de Dashner encontrarán continuidad en la expansión del mundo y en el desarrollo de la amenaza que WICKED representa. Sin embargo, la película deja la sensación de que las posibilidades narrativas que insinuaba la primera entrega se diluyen en una propuesta que prioriza la acción constante por sobre la construcción del conflicto interno y la identidad de los personajes.

4.0
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