Salas
Crítica de "El Portal": Mariano Argento y el encierro como espejo del miedo a través de la historia argentina
Mariano Argento propone en "El Portal" una alegoría sobre la manipulación y la decadencia social argentina, contada a través de un edificio donde el tiempo se repite y el miedo se hereda.
Ambientada casi íntegramente en los interiores de un edificio que parece respirar, El Portal (2025) construye una historia sobre el poder, la culpa y la pérdida de control. Los pasillos y las paredes funcionan como metáforas del encierro, tanto físico como moral, en una sociedad que se corroe desde dentro.
La narración se organiza en tres tiempos históricos y un prólogo —el bombardeo a Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955— que actúan como espejos de una misma degradación. Los años noventa (Omnipotencia) exponen la euforia del consumo y la corrupción; el 2001 (Desesperanza) retrata el colapso social y el miedo derivado de la crisis; y la actualidad (Dependencia) revela una sociedad atrapada entre la desconfianza y el descreimiento. En cada etapa, el edificio persiste, testigo inmóvil del deterioro, observando cómo sus moradores repiten una y otra vez el mismo ciclo de dominación y culpa.
La dirección de Mariano Argento se sostiene en una puesta precisa y contenida. Los encuadres cerrados, la paleta fría —azules, grises, marrones— y la iluminación irregular refuerzan la sensación de asfixia. La cámara se mueve poco, priorizando la quietud de los cuerpos y la tensión de las miradas. El montaje introduce un ritmo discontinuo que genera extrañeza y acentúa la idea de encierro.
El diseño sonoro multiplica esa inquietud: respiraciones, zumbidos eléctricos y portazos sustituyen la música tradicional por una textura amenazante. Los cortes abruptos, casi violentos, interrumpen los planos antes de tiempo, como si el miedo impidiera ver la escena completa.
En el reparto, Selva Alemán y Héctor Bidonde dejan un testamento artístico, acompañados por Manuel Vicente, Marina Glezer, Ingrid Grudke y Christian Sancho, quienes encarnan personajes moldeados por la codicia, el deseo y la culpa. Las actuaciones se integran a la atmósfera: el tono es bajo, contenido, casi ritual.
En el corazón de El Portal late una certeza: el horror no viene de lo sobrenatural, sino de lo humano. La amenaza se disfraza de vecino, de autoridad, de familia. Argento convierte lo cotidiano en un espacio de vigilancia y sumisión, donde la supervivencia se confunde con la obediencia. El resultado es una reflexión inquietante sobre el miedo colectivo y su capacidad de atravesar generaciones.