Kiko Amat y la adolescencia ochentera

“Dick o la tristeza del sexo”: la farsa onanista de Kiko Amat

En su novela más explícita e incómoda, el catalán Kiko Amat pone en crisis los mandatos de la masculinidad desde el sótano del deseo adolescente. Entre el sexo sin erotismo y la culpa católica, "Dick o la tristeza del sexo" arma un cómic sucio, sentimental y blasfemo sobre crecer entre soliloquios y fluidos.

“Dick o la tristeza del sexo”: la farsa onanista de Kiko Amat
domingo 08 de junio de 2025

Kiko Amat nos sumerge en el universo de Franki Prats con Dick o la tristeza del sexo (Anagrama), una novela que desafía cualquier etiqueta y se adentra en las profundidades de una adolescencia turbulenta. Franki, con solo quince años, es un crisol de contradicciones: una libido incontrolable, la represión religiosa encarnada en un crucifijo sobre su cama y una imaginación desbordante que lo lleva a inventar a Dick Loveman, un alter ego que es a la vez fantasía y válvula de escape. Loveman, con su peluca porno y sus inverosímiles hazañas sexuales, es la proyección de los deseos más íntimos y frustrados de Franki, una quimera que contrasta brutalmente con la gris realidad de un pueblo catalán de los ochenta.

 La genialidad de Amat radica en la imposibilidad de encasillar su obra. ¿Es pornográfica? No, aunque el sexo sea una constante. ¿Es una novela de iniciación? Quizás, pero dista mucho de los arquetipos del coming-of-age. ¿Es una comedia? Provoca risas, sí, pero estas se sienten más como un nudo en la garganta que como una liberación. Dick o la tristeza del sexo es, en esencia, una disección cruda y sin concesiones de la pubertad, un periodo donde el onanismo se confunde con teología y la represión se convierte en penitencia. Amat logra algo que pocos: transformar la incomodidad en arte, tejiendo una narrativa que funciona con la acidez de Irvine Welsh y la irreverencia de una misa dicha por el Joker, todo ello con el telón de fondo de un Baix Llobregat que se siente tangible y asfixiante. Las referencias a Traci Lords y San Agustín, aparentemente dispares, se entrelazan para dibujar un retrato complejo de la culpa y el deseo.

La estructura del libro es tan singular como su contenido. Funciona como un cómic mental en ruinas, donde los capítulos son viñetas de autoflagelación genital, tratados apócrifos de psicopatía sexual y fantasías zoofílicas. Franki, junto a su amigo Bruno, alias “el sexperto”, navega por este laberinto de obsesiones. Sin embargo, entre la obscenidad y el humor negro, Amat deja entrever, sutilmente, la sombra de un trauma familiar encapsulado en la memoria de Franki. Esta mixtura es lo que hace que la novela sea tan poderosa: la miseria moral de la masculinidad católica se mezcla con la ansiedad de una época sin Google, donde las preguntas más íntimas quedaban sin respuesta. El humor, lejos de ser un alivio, es un bisturí que no ilumina, pero sí quema, revelando las verdades más incómodas.

Amat no busca una narrativa lineal, sino un artefacto incómodo con una prosa anacrónica y punk que persigue el desconcierto de quien espía. Si bien Dick o la tristeza del sexo no pretende revolucionar la literatura, su mancha indeleble es su mayor virtud, invitando a reflexionar sobre nuestra incomodidad ante lo explícito y las contradicciones del deseo, revelando más sobre el lector que sobre la obra misma.

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