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Crítica de "Legado": Así se destruye una familia desde adentro
La nueva serie española de Netflix sumerge al espectador en una guerra intergeneracional donde la lucha por el poder no se libra con espadas, sino con titulares, pactos corporativos y silencios calculados.
Hay algo casi trágicamente shakespeariano en Legado (2025), la serie creada por Carlos Montero, Pablo Alén y Breixo Corral que Netflix lanza como quien lanza una bomba al corazón de las herencias familiares y los imperios mediáticos. En ocho episodios comprimidos como cápsulas de veneno, la ficción se inscribe en la tradición de los dramas corporativos familiares, pero con una particularidad: aquí, la sangre no solo tira, también factura. Y factura bien.
Federico Seligman (José Coronado) no es un Logan Roy ibérico, sino una síntesis entre Crónica y El Báltico, entre el periodista que fue y el emperador de medios que es. Su retorno al mando tras una enfermedad no es una reconquista, sino una guerra fría contra sus hijos: directores, editores, herederos, traidores. Hijos que no lo esperan. Hijos que ya no lo necesitan.
Si en Succession (Max), la empresa era la excusa para narrar lo disfuncional. En Legado, la empresa es el síntoma. El imperio mediático, símbolo de la verdad, el relato y el poder, opera como espejo distorsionado de una familia en ruinas. El apellido “Seligman” aparece en los despachos, pero se diluye en los pasillos. La dirección editorial ya no responde al linaje, sino a la agenda.
La serie se permite una lectura política sin ser panfleto: ¿quién dirige el relato en una sociedad donde los medios se heredan como bienes raíces? ¿Qué pasa cuando los hijos no quieren continuar el legado sino reformularlo a su imagen y ambición? En Legado, no hay villanos ni héroes, hay intereses que se cruzan como cables pelados, generando chispazos narrativos constantes.
Cada movimiento es un jaque. Y cada episodio, un turno. La dirección, a cargo Eduardo Chapero-Jackson y Carlota Pereda, evita el efectismo, pero apuesta por la tensión: hay algo en el ritmo que no permite al espectador relajarse. No hay respiro, ni concesión. Las alianzas se hacen con promesas no dichas, los enfrentamientos con silencios prolongados. Como en el ajedrez, el centro del tablero está vacío, pero todos lo quieren ocupar.
José Coronado sostiene con solvencia a un personaje complejo, tan lleno de pasado como de urgencia. Su Federico no es carismático ni cruel, es simplemente un hombre que no quiere desaparecer. Belén Cuesta, Diego Martín y el resto del elenco le ofrecen el contrapunto perfecto: son la generación que ya no pide permiso, sino que exige firma.
Legado no busca redención ni ofrece catarsis. En su lugar, exhibe el derrumbe de una estructura que alguna vez se creyó sólida, casi sagrada. Aquí, la figura del padre ya no es el arquitecto del porvenir, sino el obstáculo del presente. Y los hijos, lejos de ser herederos del espíritu fundacional, son operadores de su reescritura.
La serie expone lo que queda cuando el poder se confunde con el afecto, cuando la empresa se convierte en familia y la familia, en empresa. Lo que deja Legado no es un final, sino una advertencia: en el mundo de los medios —y de los vínculos—, los tronos no se conquistan, se ocupan. Y después, se desangran.