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Crítica de “Criminales de lujo”: Robos, traición y autos de lujo en un hotel cinco estrellas
Una banda de ladrones se infiltra como empleados en un hotel cinco estrellas para asaltar a millonarios. Pero cuando la venganza se convierte en combustible narrativo, la adrenalina choca con los límites de un guion predecible.
Criminales de lujo (Carjackers, 2025) propone una premisa potente: ¿qué pasaría si los empleados de un hotel de élite fueran, en realidad, una red de ladrones profesionales? Con dirección de Kamel Guemra y un guion compartido entre Morade Aissaoui, Sledge Bidounga y el propio Guemra, la película intenta combinar crítica social con acción, infiltración con espectáculo, pero termina atrapada entre sus propias tensiones estilísticas.
La historia sigue a Nora, interpretada sin estridencias por Zoé Marchal como el cerebro de una banda camuflada entre barmans, recepcionistas y valet parkings. Su doble rol —la atención al cliente de día, el asalto quirúrgico de noche— articula un dispositivo narrativo que juega con el contraste entre fachada y delito. La misión final está en marcha, pero la llegada de Elias —un sicario contratado por la directora del hotel para desmantelar el operativo— cambia el tono de la película.
Es Franck Gastambide quien aporta el verdadero nervio a la película. Su presencia como Elias, un ejecutor frío y brutal, logra capturar la atención incluso cuando el guion vacila. Su figura encarna un contrapunto que amenaza con llevarse por delante al resto del elenco: mientras Nora y su equipo debaten códigos y estrategias, Elias actúa. Sin aviso, sin pausa. Pero el relato no termina de decidir si usarlo como antagonista, catalizador o símbolo.
Este desfase estructural expone una de las tensiones centrales del film: su indecisión tonal. En sus mejores momentos, Criminales de lujo insinúa una lectura crítica sobre el clasismo, la impunidad del dinero, el uso del lujo como máscara. Pero enseguida lo abandona para abrazar el ritmo del videoclip, el plano secuencia coreografiado o el montaje de acción sin mayor contexto dramático.
Criminales de lujo quiere ser muchas cosas a la vez. A ratos se insinúa como un thriller social, otras veces como un slasher urbano. La estilización visual no siempre encuentra anclaje en la trama, y el tono cambia con frecuencia, como si el guion dudara sobre su propia identidad.
La venganza personal, que aparece como subtrama hacia el final, desordena el tablero narrativo más que potenciarlo. El guion, aunque ambicioso, no termina de articular los conflictos internos de los personajes con el vértigo externo de sus acciones. Lo que podría haber sido una crítica elegante al sistema de privilegios termina siendo una fantasía criminal estéticamente eficaz pero conceptualmente dispersa.