Netflix
Crítica de “Prometeo”: Ridley Scott, el rey de la monstruosidad
El director de “Alien” y “Blade Runner” demuestra que la ciencia ficción es el género que mejor maneja, tanto por la parábola social reflejada como por sus conflictos existenciales sugeridos.
Ridley Scott confirma con Prometeo (Prometheus, 2012) que se siente muy a gusto dentro de una nave espacial o en un planeta habitado por alienígenas. En esta precuela de Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) primero —y luego convertida en una nueva franquicia— transforma la ciencia ficción en un relato épico sobre el misterio de la creación (o de la destrucción) para explorar el origen de su criatura.
Estamos en el año 2094 y una tripulación de científicos e ingenieros viaja hacia un planeta desconocido siguiendo las huellas de una posible nueva forma de vida. Una suerte de raza superior que podría ayudar a comprender el enigma de la creación. No sería la teoría darwinista el origen de nuestra especie, sino otros seres humanoides sus verdaderos creadores. Tras ese rastro descubren los restos de una civilización devastada por causas desconocidas. ¿Suena familiar?
La historia guarda evidentes similitudes con Alien, el octavo pasajero, aquella película que en 1979 el director de Hannibal (2001) realizaba e inauguraba una marca registrada del cine de suspenso contemporáneo: el monstruo acechando a los humanos. Pero, a diferencia de entonces, aquí Scott —también productor— dispone de todos los recursos económicos y tecnológicos para convertir esta precuela en una epopeya sobre el origen de la humanidad. Y no solo eso: si algo atraviesa toda su filmografía es que la creación está íntimamente ligada a la destrucción. ¿Acaso no es el parto el mayor acto de creación y, al mismo tiempo, de devastación?
En Prometeo, Scott lleva esta premisa hasta sus últimas consecuencias, rindiendo culto a las entrañas humanas y a los fluidos desgarradores. La escena del aborto alcanza una tensión extraordinaria, una de las mejores del film. Prometeo es una gran película porque dimensiona al resto del cine de ciencia ficción y terror, a menudo escaso de ideas que justifiquen los constantes sobresaltos en la butaca y los impulsos de supervivencia de sus protagonistas. Aquí hay otra cosa: un entramado de ideas que otorga espesor al argumento y a los monstruos que emergerán después.
El director de Blade Runner (1982) demuestra poseer el oficio necesario —tras más de treinta años de carrera en este tipo de producciones— para administrar los tiempos y el suspenso del relato, logrando con Prometeo una de sus obras más sólidas y acabadas hasta la fecha. El rey de lo monstruoso ha regresado en cuerpo y alma.