Salas
Crítica de “Quiero tu sexo”: Olivia Wilde y el dulce encanto de la transgresión de Gregg Araki
El director de “Doom Generation” y “The Living End” regresa a la comedia para parodiar el arte contemporáneo y explorar la relación de las nuevas generaciones con el sexo, el deseo y el abuso de poder.
Icono del cine queer de los años noventa, Gregg Araki construyó una identidad propia dentro del cine independiente a partir de una estética provocadora y una mirada irreverente sobre la sexualidad y las convenciones sociales. A lo largo de su carrera, transitó por distintos géneros sin renunciar a la transgresión como principio estético y político. Quiero tu sexo (I Want Your Sex, 2026) recupera ese espíritu en una propuesta tan posmoderna en lo visual —con colores estridentes y decorados artificiales— como irreverente en su abordaje del deseo.
El protagonista es Elliot, interpretado por Cooper Hoffman, hijo del fallecido Philip Seymour Hoffman, a quien vimos en Licorice Pizza (2021), de Paul Thomas Anderson. Su carisma y ternura resultan ideales para encarnar a este joven ingenuo que termina involucrado sexualmente con su jefa, Erika Tracy, interpretada por Olivia Wilde. Artista contemporánea de personalidad avasallante y belleza sofisticada, Erika ejerce una fascinación que descoloca al protagonista. Wilde, actriz y directora de La invitación (The Invite, 2026), despliega aquí su versatilidad para componer a una mujer fatal que domina cada escena. Su presencia magnética potencia el juego entre seducción, poder y provocación sobre el que se construye el personaje.
En cierto sentido, Quiero tu sexo también funciona como un policial de espíritu noir. La historia comienza con un cuerpo flotando en una pileta, una imagen que remite al clásico de Billy Wilder El ocaso de una vida (Sunset Boulevard, 1950). A partir de allí, un extenso flashback reconstruye los acontecimientos a través del relato de Elliot ante la policía, mientras el joven intenta explicar cómo terminó involucrado en las prácticas sexuales poco convencionales de su jefa. Este dispositivo narrativo le permite a Araki jugar con las convenciones del género y, al mismo tiempo, poner en cuestión la sensibilidad contemporánea frente al deseo, el abuso de poder y los límites difusos del arte contemporáneo.

Quiero tu sexo también parece una película de otra época, y esto constituye una virtud y un defecto al mismo tiempo. Virtud, porque conserva la nostalgia de un tipo de cine que ya no se hace. Defecto, porque no logra conectar con el ritmo ni con la gracia de estos tiempos. En ese sentido, parece un producto fuera de época.
Como ya había demostrado en Cama para tres (Splendor, 1999), Fumada y peligrosa (Smiley Face, 2007) y Kaboom (2010), Araki utiliza los códigos genéricos como punto de partida para desarticular sus expectativas. Cuando el policial parece encaminarse hacia una resolución convencional, capaz de restablecer el orden y neutralizar la transgresión inicial, la película introduce un giro que se resiste a esa clausura conciliadora. En lugar de condenar el deseo o disciplinar a sus personajes, el director preserva una cuota de rebeldía que atraviesa el relato hasta el final. Allí reside el encanto de su propuesta: en reivindicar el placer como una forma de desobediencia y recordar que, frente a las convenciones morales y las nuevas formas de censura, la libertad también consiste en poder vivir y disfrutar del sexo sin pedir permiso.