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Crítica de "Aquel": la serie que desvela el mito de Raphael
La la serie de Netflix desarticula la figura de Raphael para explorar cómo el artificio escénico terminó engullendo al hombre real.
Existe una tragedia silenciosa en todo artista que decide convertirse en una estatua de sí mismo antes de morir, y es precisamente esa grieta la que decide explorar Aquel (2026). La serie no se limita a cartografiar la peripecia vital de Rafael Martos desde la miseria grisácea de la posguerra hasta el fulgor cosmopolita de Madrid, Las Vegas, Moscú o Acapulco. Lo que verdaderamente inquieta de su puesta en escena es la disección de un proceso de alienación voluntaria: la metamorfosis en la que un muchacho del pueblo entrega su garganta y su cuerpo a una criatura llamada Raphael, un espectro diseñado para no envejecer ni flaquear jamás ante las luces del escenario.
Ese combate entre el organismo humano y el personaje incorpóreo encuentra en su reparto una tensión dramática extraordinaria. Mientras la frescura de Álvaro González y el descaro febril de Javier Morgade capturan la ambición primaria que encendió el motor en el Festival de Benidorm de 1962, es la composición quirúrgica de Carlos Santos en la etapa madura la que eleva el relato. Santos no imita el ademán: habita la servidumbre del mito. En su rostro se adivina la fatiga de un hombre atrapado en sus propios visajes, acorralado por los colapsos de salud, la exigencia del repertorio y el pánico atávico a que el silencio de la sala descubra que debajo del traje negro ya no queda nadie.
En el plano estético, la puesta en escena se convierte en el vehículo fundamental para articular esta dualidad psíquica. La dirección de fotografía contrapone con inteligencia la penumbra doméstica, dominada por tonos marrones, interiores sofocantes y texturas mates de la España de posguerra, con la estética hiperestilizada de los platós de televisión, escenarios y cabarets internacionales. Los reflectores directos, los contraluces dramáticos que recortan la silueta del cantante sobre fondos oscuros y la saturación de los focos de neón convierten la luz en un personaje devorador. El diseño de vestuario y de arte no funciona como simple atrezo de época, sino como una armadura ceremonial: el clásico cuello alto negro, los trajes impecables y la sobriedad del encuadre subrayan el aislamiento progresivo de una figura rodeada de multitudes pero atrapada en la soledad de los encuadres.
El guion firmado por Ignacio del Moral, Paloma Rando y Adrià P. Xancó acierta al no tratar la consagración como un destino biológico inevitable, sino como una negociación despiadada. La presencia contundente de Paco Gordillo, encarnado por Francesco Carril, expone la maquinaria comercial que moldea el talento, mientras que la figura de Natalia Figueroa, traída a la pantalla con sutileza por Natalia Varela, opera como el último ancla terrenal que intenta rescatar al marido de las fauces del ídolo. Incluso el uso del cancionero popular elude el trámite del karaoke nostálgico para funcionar como un espejo punzante que interpela el estado mental de los personajes en cada escena.
Al final, Aquel se distancia del biopic hagiográfico para ofrecer una autopsia cultural sobre la devoción y el vacío. La serie no celebra la gloria de un cantante, sino la ferocidad de una ficción que triunfó sobre la vida de su propio creador. Raphael no es aquí una historia de éxito, sino la crónica de una victoria pirróica: la demostración de que para ser eterno en el escenario, primero hay que estar dispuesto a sacrificarse por entero en el camerino.