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Crítica de “Wild Horse Nine”: Ailín Salas y un Chile atravesado por la CIA en el nuevo film de Martin McDonagh
John Malkovich y Sam Rockwell encabezan la nueva película de Martin McDonagh, ambientada en Chile durante 1973. Entre agentes de la CIA, operaciones políticas y una enfermedad que avanza, el director vuelve sobre la culpa y la amistad, pero encuentra en la memoria el elemento que modifica su cine.
Martin McDonagh vuelve a colocar a dos hombres frente a aquello que preferirían no enfrentar. Lo hizo en Escondidos en Brujas (In Bruges, 2008), retomó esa dinámica desde otro registro en Los espíritus de la isla (The Banshees of Inisherin, 2022) y ahora la traslada a la Isla de Pascua en Wild Horse Nine (2009). La estructura resulta reconocible, aunque esta vez el paso del tiempo modifica sus reglas.
La acción transcurre en 1973. Mientras Chile se aproxima al golpe militar que terminará con el gobierno de Salvador Allende, dos agentes de la CIA, Chris y Lee, viajan desde Santiago hasta la Isla de Pascua. Lo que inicialmente parece un desplazamiento circunstancial comienza a revelar otra dimensión cuando conocemos el estado de Chris.
Interpretado por John Malkovich, Chris es un veterano de la agencia que asegura haber participado de algunos de los episodios centrales de la política exterior estadounidense del siglo XX: el Congo de Patrice Lumumba, las operaciones contra Fidel Castro e incluso Dallas durante el asesinato de John F. Kennedy.
McDonagh no utiliza esos antecedentes para convertir la película en una reconstrucción histórica. Le interesan por lo que dicen de su protagonista. Chris ha pasado buena parte de su vida interviniendo sobre la historia de otros países y ahora descubre que está perdiendo el control sobre la única historia que todavía considera propia: la suya.
Enfermo y dependiente de la morfina, comienza a grabar sus recuerdos en un dictáfono. El dispositivo adquiere progresivamente otro sentido. Ya no se trata únicamente de dejar testimonio, sino de conservar una identidad amenazada por el deterioro.
Lee, interpretado por Sam Rockwell, viaja junto a él y mantiene contacto con MJ, su superior, encarnado por Steve Buscemi. La convivencia entre ambos agentes empieza a exponer decisiones del pasado y asuntos que ninguno parece dispuesto a formular de manera directa.
Allí McDonagh trabaja en un territorio conocido, aunque con un tono diferente. Su humor negro continúa presente, pero ya no organiza por completo las escenas. Las bromas funcionan como una forma de aplazar conversaciones que inevitablemente deberán producirse.
La elección de la Isla de Pascua resulta central. Los moáis, los paisajes volcánicos y los caballos que recorren el territorio construyen una escala temporal que excede a los protagonistas. Frente a esas figuras de permanencia, Chris aparece como un hombre que intenta conservar algo mientras su cuerpo comienza a imponerle otros límites.
La fotografía de Ben Davis comprende esa relación y evita reducir el paisaje a una postal. La cámara incorpora el territorio al conflicto: cuanto mayor parece el espacio, más evidente resulta el encierro de los personajes.
También existe una tensión política que la película mantiene deliberadamente alrededor de ellos. Mientras Chris y Lee discuten sus propios asuntos, Chile se acerca al 11 de septiembre de 1973. La decisión de convertir a dos agentes estadounidenses en protagonistas obliga a observarlos no sólo desde sus conflictos personales, sino desde el aparato político del que forman parte.
Ese contraste adquiere mayor peso con la aparición de dos estudiantes chilenas interpretadas por Mariana Di Girolamo y Ailín Salas. Su presencia introduce una perspectiva que confronta la distancia con la que los estadounidenses observan el país.
Sin embargo, allí aparece uno de los límites de Wild Horse Nine. Las mujeres tienen una participación funcional al recorrido de los protagonistas masculinos, pero escaso desarrollo propio. Algo similar ocurre con Parker Posey, cuya intervención como esposa de Lee queda prácticamente limitada a conversaciones telefónicas.
La diferencia resulta significativa frente a Tres anuncios por un crimen (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, 2017), donde McDonagh había demostrado que podía desplazar el centro de su escritura hacia un personaje femenino sin modificar las tensiones fundamentales de su cine.
Malkovich sostiene buena parte del relato. Chris podría haber quedado reducido al veterano cínico que repasa sus pecados al final de la vida, pero la interpretación evita esa salida. Su arrogancia empieza a convivir con una vulnerabilidad que el personaje intenta administrar mediante el sarcasmo.
Sam Rockwell trabaja desde otro lugar. Lee parece inicialmente el acompañante, pero la relación con Chris modifica esa posición y permite que la película revele progresivamente qué une realmente a esos dos hombres. La participación de Tom Waits como el hermano de Chris amplía, desde una aparición breve, la dimensión familiar de ese pasado.
La música de Carter Burwell acompaña el desplazamiento del relato sin subrayarlo. A medida que la película avanza, el sarcasmo pierde terreno y aparece una melancolía que McDonagh administra sin abandonar por completo la comicidad.
Wild Horse Nine no necesita reinventar el cine de su director para encontrar una variación dentro de él. McDonagh continúa interesado en personajes obligados a convivir con las consecuencias de sus decisiones, pero introduce una pregunta que altera el conflicto: ¿qué ocurre con la culpa cuando quien debe cargar con ella comienza a olvidar?
Ahí la película encuentra su núcleo. Chris pasó su vida acumulando operaciones, nombres, secretos y muertos. Al final, su batalla no consiste en justificarlos, sino en conseguir recordarlos.
Porque para un hombre construido sobre su pasado, olvidar puede ser una forma definitiva de desaparecer.