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Crítica de "Mal de Amores ": entre la revolución y la autonomía femenina

Una ambiciosa mirada al México prerrevolucionario que combina el rigor de la reconstrucción histórica con la búsqueda de autonomía de una mujer dispuesta a decidir su propio destino.

Crítica de "Mal de Amores ": entre la revolución y la autonomía femenina
jueves 03 de septiembre de 2026

Evaluar la adaptación serial de una obra como Mal de amores (2026) exige considerar hasta qué punto el lenguaje audiovisual consigue traducir la atmósfera lírica de Ángeles Mastretta sin convertir el drama en un desfile de vestuario. La serie de siete episodios, dirigida por Catalina Aguilar Mastretta y Humberto Hinojosa, asume el desafío desde una premisa clara: situar la mirada feminista en el terreno de las decisiones personales, antes que en la épica patriarcal de los grandes acontecimientos de la historia mexicana. Su logro reside en emplear el contexto político no como un adorno de época, sino como un catalizador que pone a prueba las convicciones, los afectos y la búsqueda de soberanía sobre el cuerpo y el destino de sus protagonistas.

La trama se traslada al México de comienzos del siglo XX, durante el declive del Porfiriato. Emilia Sauri (Renata Vaca) crece en Puebla bajo el amparo de una familia de boticarios con ideas liberales que estimula su espíritu crítico. Su vocación resulta desafiante para la época: quiere convertirse en médica dentro de un ámbito académico que, por su condición de mujer, le prohíbe incluso tocar los libros de texto.

En medio de esa búsqueda profesional y del estallido de la Revolución Mexicana, la vida de Emilia queda atravesada por dos afectos contrapuestos. Daniel Cuenca (Juan Pablo Fuentes), su amigo de la infancia, se entrega a la causa maderista y encarna el riesgo y la pasión revolucionaria. El doctor Antonio Zavalza (Iván Amozurrutia), en cambio, busca la paz social y respalda las aspiraciones científicas de la protagonista.

A partir de esta tensión, Mal de amores revisa la estructura tradicional del melodrama. El amor conserva su lugar dentro de la historia, pero deja de ser la única medida posible para la realización de una mujer. La decisión sentimental importa porque pone a prueba la autonomía de Emilia, no porque complete su identidad.

El principal mérito de la propuesta radica en la manera en que replantea el aparente triángulo amoroso desde una perspectiva de género. La narración evita la fórmula patriarcal del rescate: Emilia constituye el centro del relato, no un objeto en disputa. Sus elecciones afectivas no se imponen sobre su emancipación profesional ni sobre sus propios deseos.

Esta perspectiva se refuerza mediante la figura de la tía Milagros Veytia (Cassandra Ciangherotti), referente de independencia y contrapunto ideológico de la trama. Su presencia amplía la dimensión feminista de la historia al mostrar que la lucha de Emilia no surge de manera aislada, sino que forma parte de una transmisión entre generaciones de mujeres.

La apuesta narrativa encuentra correspondencia en un despliegue visual que utiliza la paleta cromática para expresar estados de ánimo: los verdes orgánicos dominan la botica, los azules remiten a la estabilidad y los rojos acompañan el conflicto. La reconstrucción de época aporta textura al relato sin recurrir de manera constante a los códigos visuales más transitados del cine histórico. El uso de la banda sonora también contribuye a enlazar la intimidad de los personajes con el clima político que los rodea.

El punto endeble de la miniserie aparece en la articulación del ritmo. En su afán por incorporar las conspiraciones, los presos políticos y la entrada de las tropas en la capital, la edición resulta por momentos apresurada. Esa acumulación reduce las pausas necesarias para que las conversaciones íntimas entre mujeres respiren con la frescura que caracteriza a la novela. Las diversas líneas narrativas también provocan que el foco se disperse en algunos pasajes, aunque sin quebrar el recorrido principal de Emilia.

El elenco secundario, encabezado por Cassandra Ciangherotti y Miguel Rodarte, contribuye a sostener el pulso dramático. De este modo, Mal de Amores se consolida así como una propuesta estimulante que encuentra en la determinación de su protagonista un reflejo político de las luchas contemporáneas por la autonomía femenina.

7.0
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