Gaumont
Crítica de "La casa del minotauro": vivir en las entrañas del teatro
En su ópera prima, Federico Raúl Bongiorno transforma el Teatro Argentino de La Plata en un laberinto de recuerdos, jerarquías y vínculos. Con Paula Almerares como centro del relato, la película indaga en el costo de convertir el arte en una forma de vida.
Durante catorce años, Federico Raúl Bongiorno registró los pasillos, talleres, ascensores y salas del Teatro Argentino de La Plata. De esa convivencia prolongada con el edificio surge La casa del minotauro (2024), su ópera prima, una película que utiliza el archivo como materia de una ficción antes que como testimonio institucional. Las variaciones de textura, definición y encuadre no solo exponen el paso del tiempo: permiten que el pasado irrumpa sobre el presente y que el teatro deje de ser un escenario para convertirse en un espacio que moldea la identidad de quienes trabajan y crecen dentro de él.
Esa relación se encarna en una intérprete que ensaya el papel de una mujer condenada a muerte si canta. La situación instala una paradoja: la voz que le permite realizarse también puede conducirla al castigo. A medida que avanza en la preparación del personaje, la protagonista vuelve sobre su infancia como hija de trabajadores del teatro y se encuentra con la niña que alguna vez recorrió esos mismos pasillos. Paula Almerares transita ese cruce entre personaje y biografía sin marcar una frontera entre ambos; en su cuerpo, sometido al ensayo, la corrección y la repetición, la vocación aparece ligada tanto al deseo como al desgaste.
Desde allí cobra sentido la figura del Minotauro. Bongiorno no presenta un monstruo reconocible, sino una amenaza que adopta distintas formas: la autoridad de la institución, los mandatos familiares, la necesidad de reconocimiento o la propia incapacidad de abandonar aquello que ha dado sentido a una vida. La película incorpora, además, una lectura sobre las exigencias que atraviesan las mujeres en el ámbito artístico, desde la evaluación del cuerpo hasta las renuncias personales. El teatro funciona entonces como refugio y lugar de pertenencia, pero también como una herencia cuyos efectos se transmiten entre generaciones.
La forma fragmentaria elegida por Bongiorno acompaña esa búsqueda, aunque también establece el límite de la película. La mezcla de tiempos y registros puede generar distancia, mientras algunas relaciones quedan en el terreno de la sugerencia y no alcanzan un desarrollo narrativo. Sin embargo, cuando el montaje amenaza con convertir el laberinto en un ejercicio formal, la presencia de Almerares recupera el conflicto humano. La casa del minotauro no necesita resolver el enigma de su título: su interés está en mostrar que salir de una institución no siempre significa dejar de pertenecerle.