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Crítica de "La desaparición de Josef Mengele": Kirill Serebrennikov y el rostro de la impunidad

Kirill Serebrennikov reconstruye la fuga de Josef Mengele sin convertir al criminal nazi en protagonista de una aventura ni ofrecerle una posible absolución.

Crítica de "La desaparición de Josef Mengele": Kirill Serebrennikov y el rostro de la impunidad
miércoles 02 de septiembre de 2026

Kirill Serebrennikov no filma la captura de Josef Mengele porque esa captura nunca ocurrió. Filma algo más incómodo: la vida de un criminal que envejeció lejos de los tribunales, protegido por personas que compartían sus ideas, cuidaban su dinero y le proporcionaban documentos, casas y nuevas identidades.

La desaparición de Josef Mengele (Das Verschwinden des Josef Mengele, 2025) adapta la novela de Olivier Guez y recorre los años que el médico de Auschwitz pasó en Argentina, Paraguay y Brasil. La película no adopta la forma de una persecución ni intenta fabricar suspenso alrededor de una historia cuyo desenlace conocemos. Mengele murió en Brasil en 1979 sin haber respondido ante la Justicia.

Serebrennikov dirige la mirada hacia esa impunidad. Le interesa menos el prófugo que el sistema que hizo posible su fuga. Mengele no sobrevivió durante décadas solamente por su habilidad para esconderse. A su alrededor hubo familiares, empresarios, militantes nazis y redes de contactos que le garantizaron refugio. El título habla de una desaparición, pero la película muestra que el criminal nunca estuvo verdaderamente solo ni fuera del mundo. Lo escondieron a plena vista.

La captura de Adolf Eichmann en Buenos Aires, en 1960, altera esa existencia. Mengele comprende que Sudamérica ya no es un territorio seguro y convierte cada movimiento en una medida de supervivencia. Cambia de residencia, desconfía de quienes lo rodean y se encierra en una rutina gobernada por la sospecha. Sin embargo, ese miedo no implica arrepentimiento. Teme ser juzgado, no aquello por lo que podría ser juzgado.

August Diehl interpreta esa diferencia sin subrayados. Su Mengele envejece, se debilita y pierde margen de acción, pero no revisa sus convicciones. La fragilidad física no lo vuelve una víctima. Apenas demuestra que el paso del tiempo también alcanza a quienes hicieron de la deshumanización una práctica.

La fotografía en blanco y negro, los saltos temporales y las imágenes que imitan materiales de archivo acompañan el deterioro del personaje. Incluso en los espacios abiertos aparece encerrado. Puede atravesar fronteras y cambiar de nombre, pero no consigue salir de la ideología que organizó su vida.

La película encuentra allí su forma y también su límite. Serebrennikov pretende entrar en la mente de Mengele, aunque el personaje se resiste a ofrecer algo más que negación. Sabemos cómo se ocultó, quiénes lo ayudaron y qué temía, pero pocas veces alcanzamos a comprender cómo convivían en él la rutina doméstica y el recuerdo de Auschwitz. No se trata de buscar una explicación que reduzca su responsabilidad, sino de mostrar que detrás del símbolo existió un hombre integrado a una sociedad y sostenido por ella.

La acumulación de traslados, documentos y encuentros termina debilitando algunos tramos. La clandestinidad se vuelve repetitiva y la película queda atrapada, por momentos, en la misma superficie que intenta examinar. Mengele huye, sospecha y vuelve a negar. El recorrido aporta información histórica, pero no siempre profundiza el retrato.

Aun así, La desaparición de Josef Mengele evita convertir el Holocausto en espectáculo. La violencia no necesita reaparecer mediante reconstrucciones explícitas: permanece en los silencios, en la ausencia de culpa y en la normalidad con la que los antiguos nazis continúan defendiendo sus ideas después de la guerra.

La película funciona mejor cuando deja de buscar al individuo detrás del criminal y observa la estructura que lo protegió. Su pregunta más perturbadora no es cómo Mengele logró escapar, sino cuántas personas tuvieron que colaborar para que pudiera hacerlo. Esa pregunta desborda el relato histórico y alcanza un presente en el que los discursos raciales, la persecución de las minorías y las formas políticas de la deshumanización vuelven a circular.

Mengele murió sin condena. Serebrennikov no puede modificar ese final, pero sí impedir que su fuga sea narrada como una hazaña personal. En su película, desaparecer no significa borrarse: significa contar con una comunidad dispuesta a mirar hacia otro lado.

6.0
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