Salas
Crítica de “Romeo y Ofelia”: Una tragedia rosarina de Gustavo Postiglione
Gustavo Postiglione reúne a Shakespeare, las barras bravas y el narcotráfico para contar una ciudad en la que el crimen ya no disputa solamente las calles: también busca administrar el relato público.
En Romeo y Ofelia (2024), Gustavo Postiglione encuentra en Shakespeare una manera de leer la violencia de Rosario sin convertirla en una crónica policial. El narcotráfico, las barras bravas y las disputas territoriales forman el trasfondo de una ciudad donde el delito ya no se conforma con dominar las calles: también quiere ocupar la política. La película trabaja sobre ese pasaje. Para gobernar no alcanza con eliminar adversarios; hay que aprender a pronunciar discursos, aparecer ante las cámaras y prometer el orden que antes se contribuyó a destruir. La tragedia no surge, entonces, de la distancia entre criminales y dirigentes, sino de la facilidad con la que unos pueden adoptar el lenguaje de los otros.
La historia comienza con el asesinato del Rey, dueño del Bar Dinamarca y jefe de una organización vinculada con las barras. Su hermano Claudio (Guillermo Pfening) hereda los negocios, se casa con la viuda y lanza una candidatura basada en la promesa de “limpiar” la ciudad. Mientras construye su imagen pública, negocia el reparto del territorio con La Polaca, líder de la banda rival. En medio de ese acuerdo quedan Romeo (Manuel Melgar), hijo del Rey, y Ofelia (Camila Viale), hermana de La Polaca. El vínculo entre ambos recupera el amor entre los herederos de dos familias enfrentadas, pero Postiglione agrega el conflicto de Hamlet: Romeo descubre que Claudio ordenó matar a su padre y debe vengarse del tío que usurpó su lugar. Como además es un actor que ensaya esa obra, su vida empieza a confundirse con el personaje. Romeo y Julieta, Hamlet y Macbeth confluyen así en una misma herencia de amores prohibidos, asesinatos familiares y ambición.
La superposición entre vida y representación define también la forma de la película. Postiglione reconstruye Rosario dentro de un estudio y deja a la vista la condición teatral de sus calles, el Bar Dinamarca, las pantallas de noticias y los carteles electorales. Allí aparece la relación con Dogville (2003), de Lars von Trier: ambas películas convierten una ciudad en escenario para observar cómo circula la violencia dentro de una comunidad cerrada. Postiglione, sin embargo, reemplaza el despojamiento de Von Trier por neones, sombras y pasillos recorridos por una cámara que casi nunca se detiene. Tres planos secuencia enlazan el bar, la calle, los medios y el teatro como zonas de un mismo territorio. El recurso tiene sentido dentro de la propuesta, aunque también termina volviéndose una carga: cuando el movimiento de cámara, el verso y las referencias reclaman atención al mismo tiempo, el romance pierde espesor y los protagonistas parecen piezas de una maquinaria antes que dos jóvenes capaces de quebrarla.
El desenlace teatral confirma que en esta historia actuar no equivale a fingir. Claudio representa al candidato que promete seguridad para convertir su poder clandestino en autoridad pública; Romeo interpreta a Hamlet para encontrar una forma de enfrentar aquello que no puede resolver como hijo. Es en ese cruce donde la película alcanza su lectura más incómoda de Rosario: los adultos administran la violencia, negocian sus beneficios y luego dejan que los jóvenes carguen con las consecuencias. Postiglione construye una puesta que por momentos se impone sobre las emociones, pero no pierde de vista esa condena. La tragedia de Romeo y Ofelia no consiste solamente en pertenecer a bandos rivales, sino en haber nacido dentro de un conflicto escrito por otros y descubrir que, aun conociendo el final, no tienen margen para cambiarlo.