Salas
Crítica de "La guerra de los últimos": Jacob Elordi y el Ridley Scott más genérico
El nuevo film de Ridley Scott tiene sus momentos de picardía, pero la ambigüedad no disfraza la superficialidad del planteo ni favorece a un héroe y una historia carentes de una dirección clara.
La guerra de los últimos (The Dog Stars, 2026) es una película que se marchita bajo el tedio de su propia indecisión. Presenta un futuro postapocalíptico indistinto, producto de un virus indefinido, poblado indiferentemente por tribus entregadas a la civilización o a la barbarie.
El héroe de turno es Hig (Jacob Elordi), un mecánico apenas definido por la melancolía (es viudo) que en 2035 dedica sus días a pilotar una avioneta Cessna y rapiñar provisiones. Sus únicos compañeros son un fiel pastor alemán, Jasper, y el huraño militar Bangley (Josh Brolin), que vigila el aeropuerto abandonado que comparten en la bella intemperie de Colorado.
Les conocemos a la altura en que la supervivencia ya no apremia ni mucho menos, dueños de una infinidad de provisiones y capaces de repeler cualquier transgresor. Esta falta de urgencia se vuelve característica de la trama, que así como tarda una eternidad en empezar, en el sentido dramático de la cuestión, se detiene abruptamente.
La historia viene a plantear banalmente aquello que se ha planteado una infinidad de veces en una infinidad de escenarios postapocalípticos: que vivir y sobrevivir no son intercambiables, que hay que atesorar la humanidad ante la inhumanidad, que lo importante son las conexiones personales y otras lecciones similares sobre la convivencia. El tono es lúgubre, el ritmo letárgico. La introducción de nuevos personajes – Cima (Margaret Qualley) y su padre (Guy Pearce), debatiéndose entre confiar o no en Hig – inyecta algo de tensión momentáneamente pero el drama tiende a aplanarse con la rutina.
Sin nunca destacarse nada en particular, Scott captura la desolada belleza del entorno (en realidad Cinecittà y los Alpes italianos doblan la naturaleza estadounidense), una colección atractiva o simpática de actores al servicio de aquel velado cumplido (“hacen lo que pueden con lo que tienen”) y algún que otro momento excitante de acción o suspenso. Pero el problema de base – ya sea la novela de Peter Heller o el guión de Mark L. Smith – es que la historia carece de inercia, urgencia o dirección, y los conflictos que afloran episódicamente tienden a resolverse o descartarse tan rápido como aparecen.
El legendario y extremadamente prolífico Scott (88) ha dirigido 15 largometrajes en los últimos 20 años – es decir, desde 2006 ha producido la mitad de su filmografía, que comienza en 1977 y comprende tanto obras maestras como otras que, en el peor de los casos, suelen estar caracterizadas por decisiones ridículas o desconcertantes, pero siempre llamativas. La guerra de los últimos no es por lejos la peor película de su última etapa, pero sí es la más genérica.