Netflix
Crítica de "“Mi mejor amigo, su novia y yo": si esto es madurar, mejor no hacerlo
Una novia, un amigo dispuesto a recuperarlo y una guerra absurda: Marco Petry convierte una crisis de amistad en una batalla donde nadie sale demasiado bien parado.
Olli (Kostja Ullmann) y Matze (David Kross) son amigos desde la infancia, viven juntos, trabajan juntos, toman cerveza juntos y hasta tienen planeado recorrer el mundo juntos. Digamos que solo les falta compartir la cuenta bancaria. Pero aparece Rebecca (Janina Uhse), Matze se enamora y ocurre la tragedia que Olli jamás había contemplado: su amigo empieza a correr, desayuna avena y ya no tiene tanto tiempo para él. Ante semejante catástrofe, decide que la única solución posible es recuperar al viejo Matze y, con la ayuda de Schmitti (Ferdinand Hofer), inicia una guerra contra la intrusa.
Mi mejor amigo, su novia y yo (Mein bester Freund, seine Freundin und ich, 2026), de Marco Petry, tiene una idea bastante reconocible: ese amigo que sigue viviendo como si tuviera veinte años y descubre, con horror, que los demás pueden crecer sin pedirle permiso. El problema es que Rebecca tampoco ayuda demasiado. La película la convierte en esa novia capaz de transformar cervezas en batidos, noches entre amigos en rutinas saludables y a un hombre adulto en alguien que parece necesitar autorización para organizar su agenda. Entre el amigo posesivo y la novia controladora, uno empieza a sentir cierta solidaridad por Matze, aunque más no sea porque todos deciden por él.
Petry aprovecha el enfrentamiento para acumular trampas, sabotajes y pequeñas venganzas, pero debajo de la comedia aparece una idea sobre la vida adulta bastante curiosa: de un lado están los amigos, la cerveza y la diversión; del otro, la pareja, la avena y los horarios. Madurar, según parece, consiste en cambiar el pinball por una existencia reglamentada. Incluso hay un personaje feliz porque su esposa controla sus tiempos, presentado casi como la prueba definitiva de que finalmente se convirtió en adulto. Olli se resiste a crecer, sí, pero viendo algunas de las alternativas que le ofrecen tampoco resulta tan difícil entender su preocupación.
En el fondo, Mi mejor amigo, su novia y yo tenía delante una comedia sobre algo bastante más interesante que decidir quién se queda con Matze: qué pasa con esas amistades construidas durante años cuando aparece una pareja y las prioridades inevitablemente cambian. Petry prefiere la guerra de sexos, los estereotipos y la escalada de golpes. Y así, mientras Olli y Rebecca se esfuerzan por demostrar quién tiene razón, la película confirma algo que probablemente no buscaba: si para conservar una amistad hay que seguir siendo adolescente y para tener pareja hay que pedir permiso para tomar una cerveza, quizás el verdadero viaje alrededor del mundo sea salir corriendo de los dos.