Gaumont
Crítica de "Tierra Citrus": Ayelén Agüero y la tristeza que viene de la tierra
En su ópera prima, Ayelén Agüero regresa al universo de los trabajadores del limón en Tucumán para contar una historia atravesada por los vínculos familiares, el desgaste del trabajo y las creencias que sobreviven entre generaciones. "Tierra Citrus" encuentra en la relación entre una niña y su abuelo una forma de interrogar aquello que heredamos y aquello que todavía podemos transformar.
Lucía percibe que algo le pasa a Don Pablo y decide actuar. Busca en los rituales, en las plantas y en los saberes que circulan a su alrededor una manera de devolverle aquello que parece haber perdido. Tierra Citrus (2025) comienza desde ese vínculo entre una niña y su abuelo, pero lentamente desplaza la pregunta. Ya no se trata solamente de saber por qué Don Pablo está triste, sino de entender de dónde viene esa tristeza. Ayelén Agüero encuentra allí una forma de entrar en un mundo sin explicarlo desde afuera.
Ese desplazamiento conduce inevitablemente al trabajo. Don Pablo pertenece a una generación cuya vida estuvo ligada a la cosecha del limón, en una provincia donde la actividad citrícola forma parte de la economía pero también de la organización cotidiana de muchas familias. La película no necesita convertir esa realidad en una denuncia explícita. La hace aparecer en el cuerpo, en el cansancio y en una relación con el territorio donde trabajar y vivir terminaron casi confundidos. Lo social entra así en la película a través de algo tan difícil de medir como el estado de ánimo de un hombre.
Lucía todavía desconoce esa lógica. Por eso su mirada introduce una ruptura. Allí donde los adultos parecen haber aceptado ciertas condiciones como parte natural de la existencia, ella cree que algo puede hacerse. Sus rituales podrían parecer insuficientes frente a una realidad material que la excede, pero la película no los presenta de ese modo. En ese intento infantil hay también una resistencia a aceptar que la tristeza del abuelo sea simplemente parte de la vida.
Agüero cruza ficción y observación documental para sostener una ambigüedad que evita resolver mediante explicaciones. Es allí donde Tierra Citrus encuentra su sentido político: Lucía intenta curar a un hombre, pero la película termina mostrando que no hay ritual capaz de sanar individualmente aquello que fue producido colectivamente. La tristeza de Don Pablo deja entonces de pertenecerle por completo. En su cuerpo también pesa una historia del trabajo y del territorio. La niña no puede cambiar esa historia, pero su negativa a aceptarla como destino abre la única fisura que la película necesita.