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Crítica de "El otro padre": cómo reinventar la telenovela para el streaming

Creada por Roberto Stopello, la serie utiliza una crisis familiar para explorar los vínculos de la paternidad y demostrar cómo el melodrama sigue encontrando nuevas formas de reinventarse.

Crítica de "El otro padre": cómo reinventar la telenovela para el streaming
viernes 24 de julio de 2026

Durante años se anunció la muerte de la telenovela. Las plataformas apostaron por thrillers nórdicos, comedias románticas y dramas criminales mientras el melodrama parecía quedar relegado a una audiencia fiel que seguía encontrando en el género una forma particular de narrar los conflictos familiares. Sin embargo, lejos de desaparecer, el melodrama encontró nuevas maneras de adaptarse. El otro padre (2026), creada por Roberto Stopello, toma una premisa que podría haber ocupado meses de programación en la televisión abierta y la transforma en una serie pensada para las dinámicas del streaming, sin renunciar a los mecanismos emocionales que históricamente definieron a las producciones latinoamericanas.

Todo comienza con una urgencia médica. Julieta necesita un trasplante de riñón y los estudios de compatibilidad arrojan un resultado inesperado: Ricardo (Manolo Cardona), el hombre que la crió desde que nació, no es su padre biológico. Lo que podría haber sido apenas un golpe de efecto se convierte en el punto de partida de una historia donde cada revelación abre un nuevo conflicto y obliga a los personajes a revisar aquello que daban por cierto.

A medida que avanza, El otro padre se expande mucho más allá de ese descubrimiento inicial. Secretos familiares, redes de tráfico de órganos, enfermedades terminales, acoso, diversidad sexual y relaciones atravesadas por intereses contrapuestos se entrelazan en una trama que nunca permanece quieta. La serie encuentra su energía en esa acumulación de conflictos, heredera de la tradición melodramática, pero adaptada a un formato mucho más dinámico que avanza con rapidez y deja poco espacio para las pausas.

En el centro de ese entramado quedan Ricardo y Maca (Silvia Navarro), que reciben el mismo golpe desde lugares distintos. Él descubre que la historia sobre la que construyó su identidad como padre no era exactamente la que imaginaba. Ella comprende que también desconocía una parte fundamental de su propia vida. La situación se vuelve todavía más compleja con la aparición de Emilio (Erik Hayser), un amigo cercano de la familia y padre de la mejor amiga de Julieta, cuya conexión con el pasado termina situándolo como el verdadero padre biológico de la joven. La revelación no resuelve nada. Por el contrario, altera un equilibrio que parecía consolidado y obliga a todos los involucrados a replantearse vínculos que daban por seguros.

Uno de los aciertos de la serie es evitar que la identidad de Emilio funcione únicamente como la respuesta a un misterio. Su presencia no llega para cerrar la historia, sino para abrir nuevas tensiones. Lo que interesa no es tanto descubrir quién es el padre biológico, sino observar qué ocurre cuando una verdad inesperada modifica las relaciones entre personas que llevan años compartiendo una vida. En ese sentido, El otro padre entiende que el conflicto más potente no está en la revelación misma, sino en las consecuencias que genera.

Manolo Cardona sostiene buena parte del peso emocional del relato a partir de un personaje obligado a redefinir su lugar dentro de la familia. Silvia Navarro construye a Maca desde el desconcierto de quien descubre que también vivía sobre una verdad incompleta. Erik Hayser, por su parte, incorpora una presencia que introduce nuevas preguntas sin convertirse en una figura destinada a resolver los problemas del resto. Los tres personajes se mueven dentro de una historia que evita repartir culpas de manera sencilla y prefiere trabajar sobre contradicciones, errores y decisiones tomadas bajo presión.

Esa elección termina siendo una de las claves de la propuesta. A diferencia de muchas telenovelas clásicas, donde los conflictos se organizaban alrededor de héroes y villanos claramente definidos, El otro padre construye un universo dominado por la incertidumbre. Los personajes se equivocan, ocultan información y toman decisiones discutibles, pero rara vez actúan desde la maldad. El miedo, la desesperación y la necesidad de proteger a quienes aman aparecen como fuerzas mucho más determinantes que cualquier enfrentamiento entre buenos y malos.

No todos los temas que la serie incorpora reciben el mismo nivel de desarrollo. Algunas subtramas quedan relegadas frente al conflicto principal y otras avanzan con una velocidad que por momentos limita su profundidad. Sin embargo, la acumulación de historias contribuye a construir una sensación de inestabilidad permanente que termina beneficiando al relato. Cada episodio introduce una nueva complicación y mantiene la impresión de que cualquier certeza puede derrumbarse en cualquier momento.

Lo que finalmente demuestra El otro padre es que el melodrama nunca desapareció. Los grandes secretos familiares, las crisis de identidad y las decisiones capaces de alterar varias vidas siguen ocupando el centro de la escena, aunque ahora aparecen condensados en episodios breves y narrados con un ritmo más cercano al de las plataformas contemporáneas. La serie no reinventa el género ni pretende hacerlo. Su principal virtud consiste en entender que el melodrama sigue siendo una herramienta eficaz para hablar de conflictos actuales, siempre que encuentre nuevas formas de contarlos. Más que el regreso de una fórmula olvidada, El otro padre confirma la capacidad del género para transformarse sin perder aquello que lo volvió tan popular.

6.0
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