Salas de España
Crítica de "La risa y la navaja": el mapa de un mundo atravesado por las ruinas del colonialismo
En "La risa y la navaja", el director portugués Pedro Pinho construye una travesía física y política por Guinea-Bisáu para observar cómo las estructuras coloniales persisten bajo nuevas formas económicas y sociales. A través del recorrido de un ingeniero enviado a evaluar una carretera, la película transforma el viaje en una experiencia donde conviven tensiones raciales, explotación laboral, deseo, contradicciones ideológicas y supervivencia cotidiana.
Sergio, un joven ingeniero portugués, viaja desde Portugal a Guinea-Bisáu comisionado por una ONG para reemplazar al ingeniero anterior, con quien la empresa constructora tuvo desacuerdos, y elaborar un nuevo informe técnico sobre el proyecto de una gran carretera, nexo entre el desierto y la selva, cuyo trazado ha sido modificado. Concebida inicialmente con un itinerario determinado, la vía adopta ahora otro recorrido. El análisis del técnico lisboeta deberá evaluar el impacto ambiental que provocará esa transformación.
Un caso similar, conocido por el cineasta portugués Pedro Pinho en 2017 durante un viaje con amigos por el país, despertó en él el deseo de abordarlo en un documental, motivado por su interés en las problemáticas coloniales. Portugal fue la primera nación europea en apropiarse de territorios extranjeros y la última en abandonarlos. La pérdida de las colonias dejó en la sociedad portuguesa una estela de sentimientos contradictorios. Hoy, tras varias generaciones, para buena parte de la población el tema parece haber perdido centralidad, mientras que muchos desconocen la situación actual de estos países ya constituidos bajo regímenes de autogobierno.
Sin embargo, el proyecto inicial de Pinho chocó con la realidad. El estado de las cosas no podía detenerse: las comunidades indígenas, históricamente abandonadas por el poder político y repetidamente explotadas por el colonialismo, no estaban disponibles para largas declaraciones ni para interrumpir sus tareas cotidianas. A ello se sumaba un obstáculo decisivo: la diversidad lingüística entre tribus y aldeas hacía prácticamente imposible una comunicación fluida. La idea del documental fue abandonada, aunque no así el deseo de encontrar otra forma de narrar esa realidad compleja.
Con el financiamiento asegurado y después de un extenso período de convivencia con las comunidades locales, de aprendizaje de sus modos de comunicación y de construcción de vínculos de confianza, la realidad terminó abriendo el camino hacia La risa y la navaja (O riso e a faca, 2025). El proceso incluyó la selección de numerosos intérpretes y figurantes —todos de notable presencia escénica—, extensos ensayos y un rodaje de seis meses, seguido de más de dos años de montaje. El resultado derivó en dos versiones: una de tres horas y media, actualmente en circulación, y otra de cinco horas y media. La película se expande a partir de la combinación de registros narrativos, de una estructura atravesada por desplazamientos constantes y de una puesta en escena que incorpora músicas diversas y una polifonía de lenguas y acentos.
La experiencia emocional constituye el núcleo de la deriva vital de Sergio, una travesía marcada por peligros, tensiones y descubrimientos. Desde su posición de profesional honesto y de mirada todavía ingenua, el espectador acompaña cada paso de su recorrido. Junto a él se atraviesan vínculos atravesados por diferencias raciales, nacionales y sexuales; amistades y hostilidades que transforman su permanencia en el país en un tránsito entre lo desconocido y lo cotidiano. En ese recorrido emergen situaciones que oscilan entre el drama y la comedia, mientras se revela un universo complejo y contradictorio.
La película observa las formas de supervivencia cotidiana, las desigualdades sociales, los mecanismos de abuso sobre las comunidades más vulnerables y las distintas manifestaciones de racismo todavía vigentes. Pero también se detiene en los modos de diversión, en la intensidad de la noche, en el deseo, el sexo y las contradicciones afectivas. En paralelo, aparecen escenas atravesadas por discusiones políticas, humor, ironía y momentos de una lucidez incómoda que desarman cualquier mirada simplificadora.
Junto a Sergio —y a sus dudas, temores y certezas— abandonamos finalmente ese territorio húmedo y sofocante, distante de la metrópolis, atravesado por lluvias torrenciales, calor y excesos de toda índole. Sin embargo, esa experiencia permanece. La película instala una reflexión persistente sobre las formas contemporáneas del capitalismo y sobre los mecanismos mediante los cuales el viejo colonialismo muta y reaparece bajo nuevas estrategias de control y explotación.