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Crítica de “Baadarane”: Dios no responde. El duelo de un niño druso y la teología del silencio

Samah El Kadi convierte el duelo de un niño druso en una pregunta filosófica implacable: ¿qué ocurre cuando un niño descubre que el cielo permanece en silencio ante su dolor? "Baadarane" no retrata sólo la pérdida de una madre, sino la crisis teológica que surge cuando el lenguaje religioso de la comunidad choca contra la lógica limpia y brutal de un niño de ocho años que se niega a dar gracias a Dios.

Crítica de “Baadarane”: Dios no responde. El duelo de un niño druso y la teología del silencio

El cine de Oriente Medio encontró en la infancia un punto de observación para exponer tensiones vinculadas a la religión, la guerra, la clase o la política. Desde Where Is the Friend’s House? hasta Capernaum, numerosos films trabajaron la mirada infantil como una forma de desmontar el discurso adulto. Baadarane (2025), cortometraje de Samah El Kadi, toma esa tradición y la desplaza hacia otro terreno: no la injusticia humana, sino la injusticia de Dios.

Ambientado en una aldea drusa del Monte Líbano, el relato sigue a un niño cuya madre acaba de morir y que rechaza repetir la frase “gracias a Dios” frente a una comunidad incapaz de explicarle el dolor desde otro lenguaje. La película convierte esa negativa en el núcleo de toda su estructura dramática.

El cortometraje trabaja el duelo desde una lógica filosófica antes que sentimental. El protagonista escucha a los adultos pedir que Dios “perdone el alma” de su madre y responde con una pregunta directa: “¿Qué hizo ella?”. Allí aparece el conflicto central. El niño interpreta las palabras literalmente y desmonta la contradicción interna del discurso religioso: si alguien necesita perdón, entonces cometió una falta. Y si Dios castiga a quienes no hicieron nada, ¿dónde queda la justicia divina?

La puesta en escena acompaña esa búsqueda. El blanco y negro evita cualquier registro pintoresquista del paisaje libanés y transforma el pueblo en un espacio abstracto, suspendido entre la fábula y el duelo. La fotografía de Lluís Ferrer y Marcel Pascual trabaja sombras profundas y texturas rugosas que dialogan con las ramas que el niño talla con su cuchillo. La madera funciona como motivo visual y narrativo: objetos sin propósito que terminan convertidos en símbolos o salvavidas por pura contingencia.

El diseño sonoro de Tony Khoury ocupa un lugar central. Los árboles crujiendo bajo el viento aparecen como un leitmotiv persistente, una señal de tensión contenida. La música no subraya emociones; opera como una frecuencia incómoda que amplifica el vacío alrededor del protagonista. Cuando el sonido desaparece, queda un silencio que no transmite calma sino ausencia.

La actuación de Karim Hani sostiene el cortometraje. Su interpretación evita cualquier mecanismo de subrayado emocional y construye el duelo desde la observación y la rabia contenida. El film encuentra allí uno de sus mayores logros: mostrar cómo la fe empieza a resquebrajarse no desde el razonamiento abstracto, sino desde una experiencia concreta e imposible de procesar.

La serie de actos que el niño realiza —soltar gallinas, romper objetos, provocar incendios— funciona como una prueba teológica. Si Dios castiga a quienes hacen el mal, entonces él hará el mal para comprobarlo. Pero nunca obtiene respuesta. La comunidad interpreta cada desastre como otra oportunidad para agradecer a Dios por evitar algo peor. Esa lógica popular, sostenida como mecanismo de supervivencia colectiva, resulta absurda y ofensiva para el protagonista.

En ese punto, Baadarane conecta con el problema filosófico del mal desarrollado por pensadores como Gottfried Wilhelm Leibniz o Voltaire. Sin conocer esa tradición, el niño llega a la misma pregunta por una vía mucho más directa: la pérdida. Su madre murió. Dios lo permitió. El resto es silencio.

Uno de los mayores aciertos de El Kadi consiste en no transformar a la comunidad religiosa en antagonista. Los adultos no aparecen como fanáticos ni hipócritas. Son personas que sólo conocen ese lenguaje para atravesar el dolor. El conflicto no es entre fe y descreimiento, sino entre una experiencia que exige respuestas y un sistema simbólico incapaz de ofrecerlas.

La dimensión drusa del relato agrega otra capa de lectura. La reencarnación ocupa un lugar importante dentro de esa tradición religiosa, pero el film muestra cómo la abstracción teológica pierde eficacia frente a la materialidad de la ausencia. El niño no necesita una promesa metafísica; necesita entender por qué su madre ya no está.

La referencia al mito de Prometheus aparece explicitada incluso desde la sinopsis oficial. Sin embargo, el cortometraje invierte la lógica clásica del mito. Aquí no hay un hombre robando fuego a los dioses, sino un niño creando fuego para desafiar a Dios a intervenir. El incendio del bosque se convierte así en una provocación desesperada: una exigencia de respuesta frente a un cielo que permanece inmóvil.

El film evita cualquier resolución tranquilizadora. No hay señales divinas ni revelaciones finales. Sólo queda el viento moviendo los árboles y el sonido persistente de la naturaleza funcionando con indiferencia frente al dolor humano. En ese gesto aparece la mayor potencia de Baadarane: transformar una pregunta imposible en experiencia cinematográfica.

10.0
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