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Crítica de "La casa de los espíritus": memorias que atraviesan generaciones

La serie basada en la novela de Isabel Allende reconstruye el relato con solidez técnica y un elenco consistente, aunque su estructura narrativa reduce la intensidad de los conflictos.

Crítica de "La casa de los espíritus": memorias que atraviesan generaciones
EscribiendoCine-Noticine
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miércoles 29 de abril de 2026

Hay algo en esta nueva versión de La casa de los espíritus (2026) que resulta incómodo de precisar. No es la violencia, que está y es explícita. Tampoco son las actuaciones (de “Poncho” Herrera, Nicole Wallace, Maribel Verdú, Juan Pablo Raba, Dolores Fonzi, Eduard Fernández, Fernanda Castillo...), que en varios casos sostienen lo que de otro modo se desplomaría. Es una sensación de que todo, absolutamente todo, ya estaba escrito. Y no solo dentro de la ficción, sino también fuera de ella.

La novela de Isabel Allende, publicada en 1982, llevaba décadas esperando una adaptación que no fuera aquel extraño experimento cinematográfico de 1993, con actores anglosajones y una ambientación en inglés. Prime Video estrenó esta adaptación en nuestra lengua, rodada en Chile, con un reparto iberoamericano, y con una inversión y un cuidado técnico acordes al material. Sin embargo, el resultado, visto en conjunto, produce una mezcla de satisfacción y escepticismo.

La serie cuenta la historia de tres mujeres: Clara, la niña clarividente que deja de hablar tras la muerte de su hermana (interpretada en su adultez por Nicole Wallace); Blanca, su hija, que se enamora del hijo del capataz; y Alba, su nieta, que descubre los diarios de Clara en medio de una dictadura militar. Todo está atravesado por la figura de Esteban Trueba, un hombre que pasa de minero pobre a terrateniente poderoso y que ejerce sobre las mujeres de su familia y sobre las campesinas de su hacienda una violencia que la serie no disimula. Hay violaciones, torturas y abusos. No es un producto para espectadores sensibles.

Uno de los rasgos más reiterados en esta adaptación es la sensación de que los elementos fantásticos —las premoniciones de Clara, sus conversaciones con espíritus, su capacidad para mover objetos— terminan funcionando en contra de la contundencia dramática. No porque estén mal realizados, sino porque vuelven la historia predecible. Clara escribe en sus cuadernos lo que va a ocurrir, y luego ocurre. La muerte, la traición, el horror: todo está anunciado. Cuando un relato se apoya tanto en la profecía, los personajes dejan de ser agentes de su propio destino y pasan a cumplir un programa. Lo que debería generar impacto termina sintiéndose inevitable.

Esa estructura determinista tiene un efecto colateral: los momentos de mayor crueldad, especialmente en los episodios finales, pierden parte de su peso. Si Alba es capturada y torturada porque así lo escribió su abuela décadas antes, la responsabilidad de los verdugos se diluye. La serie no justifica la violencia, pero la vuelve menos incisiva. Es como si el propio relato privilegiara el destino por sobre la acción.

En el centro está Esteban Trueba, interpretado por Alfonso Herrera. El personaje es repudiable, pero la interpretación evita la simplificación. No se lo reduce a una figura unidimensional: aparecen sus contradicciones, su vínculo con Clara, su incapacidad para sostener afectos y un grado de culpa que no alcanza para redimirlo. Es un hombre que apoya el golpe militar y luego se enfrenta a sus consecuencias. Esa tensión está presente y funciona como uno de los puntos más consistentes.

El problema es que, alrededor de ese eje, varios personajes femeninos no alcanzan el mismo desarrollo. Clara resulta esquiva: se la define por su don más que por sus decisiones. Blanca establece un vínculo amoroso que la serie no construye con suficiente desarrollo. Alba, por su parte, se integra a la militancia con una determinación que aparece más como necesidad del guion que como evolución del personaje.

Hay además una decisión en el tratamiento político: la serie suaviza los conflictos en sus primeros episodios. Las referencias a Chile no son explícitas —como tampoco lo eran en la novela—, pero aquí se diluyen aún más. Se abordan temas como el sufragio femenino, los abusos a comunidades indígenas y la violencia de género, pero sin anclaje preciso. La dictadura aparece como fondo antes que como consecuencia de decisiones concretas, lo que reduce su dimensión.

En el plano visual, la serie construye un universo consistente: haciendas, vestuario y paisajes responden a una lógica de producción cuidada. Sin embargo, el tratamiento de lo fantástico resulta limitado. El realismo mágico aparece como un recurso aislado, sin integrarse plenamente al resto del relato. Las escenas que deberían generar extrañamiento se resuelven sin intensidad.

La comparación con Cien años de soledad, en su adaptación reciente, resulta inevitable. Ambas obras pertenecen al mismo campo literario y ambas fueron consideradas difíciles de trasladar al audiovisual. Mientras aquella opta por una expansión visual, esta versión se inclina por un tono contenido. Esa elección podría haber reforzado el desarrollo dramático, pero la serie no termina de definir su enfoque. Oscila entre el drama de época, el relato político, el melodrama familiar y el componente fantástico.

El final, modificado respecto al libro, introduce un matiz en el recorrido de Esteban. No lo absuelve, pero incorpora una variación en su trayectoria. Esa decisión contrasta con la rigidez previa del relato y deja una tensión: si el destino puede modificarse, su carácter determinista pierde consistencia.

Al finalizar los ocho episodios queda una sensación ambivalente. La serie presenta un nivel técnico sólido, actuaciones consistentes y una intención clara de abordar el material original con respeto. Sin embargo, esa misma decisión limita su desarrollo. La historia se organiza, pero pierde intensidad. Queda la impresión de que nada se desvía de lo previsto, incluso cuando el relato sugiere lo contrario.

7.0
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