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Crítica de "Los días posibles": Rodrigo Guerrero entre el reencuentro y el tiempo suspendido
"Los días posibles" propone un reencuentro entre dos hombres atravesado por el paso del tiempo, con una narración que observa sin subrayar y deja que la experiencia avance.
En Los días posibles - Trilogía sobre la ternura (2026), Martín y Mariano, interpretados por Martín Suárez y Mariano Burgos, se reencuentran después de más de dos décadas sin verse. Lo que los une no necesita explicación inmediata, hay una historia compartida que vuelve desde la adolescencia, una experiencia afectiva que quedó suspendida y que ahora reaparece sin aviso. Ese cruce, casual en apariencia, activa un tiempo distinto, como si el pasado encontrara una forma de filtrarse en el presente sin pedir permiso.
A partir de ahí, la película se sostiene en ese lapso breve que comparten, apenas 24 horas que funcionan menos como cuenta regresiva y más como territorio abierto. No hay un objetivo que ordene el relato, sino una deriva, dos vidas que se rozan otra vez e intentan reconocerse en lo que son hoy. En ese movimiento aparece la idea de lo que no llegó a ser, aunque sin insistencias ni subrayados. Lejos de la nostalgia, el film desplaza esa tensión hacia un espacio donde ambos personajes se miden en igualdad, construyendo el vínculo desde decisiones, silencios y pequeños gestos.
Esa lógica se traslada a la puesta en escena. La cámara observa, se queda, acompaña. Las secuencias se estiran y dejan que el tiempo haga su trabajo, sin apuro por condensar o explicar. Los cuerpos, los desplazamientos y las pausas adquieren espesor en esa duración, y lo que podría parecer mínimo empieza a cargar sentido. Así, más que narrar un acontecimiento, la película registra un proceso, cómo dos personas vuelven a encontrarse y qué ocurre en ese tránsito.
En ese recorrido, el espectador no recibe indicaciones ni respuestas cerradas, sino que participa desde la atención. La película no busca resolver lo pendiente, sino ponerlo en circulación, dejarlo vibrar. Allí radica su apuesta, confiar en que el vínculo sostenga el relato sin recurrir a énfasis externos. Puede haber una distancia para quien espere otra forma de avance, pero también hay una coherencia firme entre lo que se cuenta y cómo se lo cuenta. El reencuentro deja de ser un cierre y se convierte en algo más inestable, una apertura que no promete respuestas, pero sí la posibilidad de volver a mirar.