Salas
Crítica de “Instante”: El momento en el que todo cambia para siempre
La película dirigida por Daniel Silveira, Pablo Bustos y Álvaro Galarza Lima construye un relato coral atravesado por la enfermedad, el amor y las segundas oportunidades.
El cine argentino sigue encontrando en los vínculos humanos su materia más fértil. Instante (2026), dirigida por Daniel Silveira, Pablo Bustos y Álvaro Galarza Lima, construye un relato donde dos historias se entrelazan a partir de un punto en común: ese momento exacto en el que todo cambia para siempre.
Lucía (Manuela Viale), una artista atravesada por un diagnóstico de cáncer, conoce a Juan (Pablo Yotich), un mecánico que transita la misma enfermedad, en un grupo de terapia que funciona como espacio de contención y exposición emocional. Allí irrumpe Cecilia (Magui Bravi), la terapeuta que coordina los encuentros, aunque su propia incertidumbre frente al rol que ocupa la vuelve tan vulnerable como quienes asisten. Esa fragilidad se intensifica cuando aparece su vínculo con Ferrero (Alejandro Fiore), su propio terapeuta, en una dinámica que diluye los límites entre quien acompaña y quien necesita ser acompañado. La película construye así un juego de espejos donde todos los personajes parecen quebrarse en un mismo punto. Entre diagnósticos, despedidas y segundas oportunidades, el relato se articula en una idea: el amor no siempre llega a tiempo, pero encuentra la forma de aparecer cuando resulta indispensable.
Cada escena apuesta a la cercanía: la cámara se instala en la intimidad de los personajes y convierte cada plano en un acceso directo a su mundo emocional. En ese registro contenido, la actuación de Manuela Viale destaca por una naturalidad que sostiene con solidez los momentos de mayor carga dramática.
La película articula dos líneas narrativas que dialogan entre sí, aunque no siempre con la misma claridad. Hay tramos —especialmente en el desarrollo de la relación entre Cecilia y Ferrero— donde el foco se diluye y la intención dramática no termina de consolidarse. Esa dispersión se suma a cierta irregularidad en el manejo del tiempo narrativo, que por momentos desorienta y dificulta la comprensión del conjunto.
Sin embargo, cuando Instante encuentra su eje, lo hace con una potencia emocional que compensa sus desajustes. Los personajes de Lucía y Juan aportan una dimensión profundamente humana y reconocible, que conecta de forma directa con el espectador. En particular, los momentos entre Juan y su hija Sofía (Selene Moscardi) cargan una sensibilidad genuina que ancla el relato en lo cotidiano.
Uno de los aciertos más claros del film es su decisión de no romantizar la enfermedad. La película se permite mostrar la realidad sin perder de vista el componente afectivo que atraviesa a sus personajes. En ese delicado equilibrio entre dolor y amor, Instante encuentra su identidad más honesta.
El guion —escrito por Juan Paya, Nazareno Lavorato, Manuela Viale y Pablo Yotich— acompaña la propuesta sin grandes riesgos, pero con coherencia. Es evidente la intención de sostener el relato desde las emociones. En esa línea, el final aparece como un giro algo inesperado que refuerza la idea central: la vida puede cambiar en un instante, y no siempre estamos preparados para comprenderlo.
La fotografía y la música se integran con discreción, reforzando el tono intimista sin imponerse sobre las escenas. Las locaciones entre La Plata y Madrid funcionan como una extensión del universo emocional de los personajes, aportando a ese cruce entre lo cercano y lo universal que propone la película.
En su búsqueda por emocionar, Instante mantiene una cercanía genuina con la audiencia. Porque, más allá de sus debilidades, logra instalar una pregunta persistente: ¿qué haríamos si todo cambiara hoy? En ese territorio —el de los sentimientos que no siempre pueden explicarse— es donde la película encuentra su verdadera fortaleza.