Salas
Crítica de “Scream 7”: El regreso de Sidney y el peso del legado
Una nueva serie de asesinatos reactiva el dispositivo clásico del slasher, pero esta vez el eje no está puesto exclusivamente en la identidad bajo la máscara, sino en las consecuencias acumuladas que esa violencia dejó en el apellido Prescott.
Escrita y dirigida por Kevin Williamson, eterno guionista de la serie, quien ahora se pone detrás de cámara en lo que constituye su debut en grandes producciones, habiendo solo dirigido una película adolescente a finales de los 90's llamada Secuestrando a la Srta. Tingle (Teaching Mrs. Tingle, 1999).
La apertura de Scream 7 (2026) confirma que la saga todavía domina su propia gramática: manejo preciso del punto de vista, administración del fuera de campo y un montaje que dosifica información y estallidos de violencia con eficacia. El prólogo no solo funciona como impacto inicial, sino como declaración de continuidad estética dentro de la franquicia. A nivel formal, la puesta en escena mantiene una coherencia clara: fotografía contrastada, espacios cotidianos convertidos en zonas de amenaza y secuencias de muerte diseñadas con identidad propia, tanto en su coreografía como en su resolución visual con creatividad y propio control.
El desarrollo construye una atmósfera sólida y una tensión sostenida durante buena parte del metraje, alcanzando el tramo final sin la contundencia de otras entregas. La acumulación de sospechas deja de crecer en intensidad y se estabiliza, generando un pequeño bache en comparación con la fuerza del inicio y del desenlace.
Donde la película realmente encuentra su singularidad es en el desplazamiento del foco hacia Sydney y su hija. El conflicto intergeneracional introduce una dimensión que excede la mecánica del “quién es el asesino” y se concentra en el significado del legado. El apellido Prescott opera como marca simbólica: la violencia ya no es solo amenaza externa, sino herencia que condiciona identidades y vínculos. En ese corrimiento, el film reduce deliberadamente la centralidad del villano para privilegiar el drama familiar y el peso de los llamados legacy characters.
La decisión de no vincular directamente a los asesinos con el pasado de la saga evita la reiteración de la fórmula y potencia la sorpresa final. Sin embargo, esa misma elección repercute en la construcción de los antagonistas: resultan menos icónicos, con menor densidad que en otras entregas. Funcionan más como engranajes narrativos que como figuras destinadas a trascender la revelación. En mi percepción, carecen de la presencia que convirtió a algunos Ghostface anteriores en referentes dentro del género.
Aún con esa debilidad, la película se sostiene con autoridad y se ubica codo a codo con las mejores entregas de la franquicia. No tanto por la potencia de sus villanos, sino por su capacidad de reorientar el slasher hacia una reflexión sobre herencia, trauma y continuidad. La máscara sigue siendo el ícono visible, pero el núcleo dramático está en aquellos que persistentemente la sobreviven.