76 Berlinale

Crítica de "Queen at Sea": deseo, consentimiento y el límite de la representación

Presentada en la Competencia Oficial de la Berlinale y distinguida por el jurado presidido por Wim Wenders, "Queen at Sea", de Lance Hammer, dividió a la crítica con una propuesta que combina actuaciones reconocidas y un cierre que reavivó la controversia.

Crítica de "Queen at Sea": deseo, consentimiento y el límite de la representación
miércoles 25 de febrero de 2026

Queen at Sea (2026), de Lance Hammer, presentada en la Competencia Oficial de la Berlinale fue, posiblemente, la película que más dividió a la crítica. Los premios otorgados por el jurado presidido por el director alemán Wim Wenders dejan en claro que la visión oficial comulga con la de aquellos críticos que definieron a esta película como una obra maestra. Así, si bien la película se llevó el tercer premio en orden de importancia (el premio del jurado; ya que el Gran Premio del Jurado y el Oso de Oro fueron para Salvation, de Emin Alper y Yellow Letters, de Iker Catak, ambos de origen turco), en una declaración tan poco habitual como impropia, el director de Paris, Texas y Las alas del deseo aclaró en la ceremonia de clausura que las tres películas se hallaban en un pie de igualdad. Señaló que el jurado discutió largamente sobre el orden de los galardones y que éstos serían –en alguna medida- intercambiables. Inexplicable tanta tibieza y demagogia. Inconducente además: quienes no se llevaron el Oso de Oro se habrán quedado mascando rabia ante la injusticia (¿si daba lo mismo, por qué no se lo dieron a ellos?) y el ganador vio su llegada al primer lugar subestimada, ensombrecida.

Lance Hammer, cuya formación se relaciona con la arquitectura, tiene tan solo un largometraje anterior: Ballast, de 2008, que tuvo su premier en el Festival de Sundance (con premio a la dirección y la fotografía). También estuvo en la Competencia Oficial del Festival Internacional de Cine de Berlín y en Argentina pudo verse en el BAFICI. Llama la atención el extenso lapso transcurrido entre ambas películas, así como  lo hace la madurez de un director con una obra tan acotada.

No son pocos los méritos de Queen at Sea. Las actuaciones, sin dudas, son algo memorable. Y no sólo la de los británicos Tom Courtenay y Anna Calder-Marshall (que se llevaron, ex aequo, el Oso de Plata a la interpretación de reparto) sino de la siempre sólida y convincente Juliette Binoche (en su mejor actuación en idioma inglés, hasta el momento). Los encuadres también son tan inusuales como hipnóticos. Cuando vemos en la pantalla la interacción entre los protagonistas, sus tamaños y perspectivas dan a la película una impronta casi expresionista. El problema que advertimos (y está claro que no nos contamos entre los más entusiastas respecto de esta película) tiene que ver con cierto contenido cercano a la explotación que termina lastrando definitivamente la experiencia.

El guion (también de Hammer) nos presenta un dilema que desde el principio incomoda. Una mujer mayor, definitivamente perdida a raíz de la enfermedad de Alzheimer que padece, es descubierta por su hija teniendo relaciones sexuales con su pareja. La reacción de la hija (cansada frente a lo que era una práctica reiterada) es contundente: frente a la falta de respuesta adecuada por parte de la pareja de su madre, decide denunciarlo a la policía. En definitiva, toda relación sexual debe ser consentida y, privada de razón como está su madre, no puede expresar válidamente tal consentimiento. Incómodo pero real el planteo: ¿Qué debe primar: el derecho sexual de los enfermos o el principio del consentimiento adecuado? ¿Cómo saber si ello era realmente un abuso o la única posibilidad de placer y contacto real con el otro de quien está perdiendo la razón?

La solidez de las actuaciones permite pasar por alto ciertos excesos en el espiral burocrático-policial que la denuncia dispara. Además, cabe añadir que para terminar con el cuarteto protagónico, también vemos a la hija del personaje interpretado por Binoche, una adolescente que está por tener su primera relación sexual con su novio.

Si en los dos primeros tercios del film la historia (aun durísima) se sostiene y nos interesa, es en el final donde encontramos el mayor problema, con algunas decisiones que nos resultan francamente canallescas. El desenlace de por sí es innecesariamente cruel. Y esa crueldad se acrecienta en el detalle de las definiciones (lo que nos recuerda a Amour, de Michael Haneke). Después de todo lo presenciado, ¿por qué no dejar algo fuera de campo? ¿Por qué tanta fruición en la evidencia del descenso al último de los infiernos? Para colmo de males, ese horrible desenlace final juega a través del montaje paralelo con el debut sexual de la nieta de la anciana protagonista. En fin, para que quede más claro sólo faltaba ponerle luces de neón y algún cartel: mientras una vida llega a su fin, otra está empezando. A todos nos puede llegar ese momento, así que hay que disfrutar cada instante. Gracias por el aviso, ya lo habíamos leído en un sobrecito de azúcar, que si no, no nos dábamos cuenta…

6.0
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