76 Berlinale
Crítica de "El tren fluvial": Lorenzo Ferro y Lucas Vignale miran el mundo desde la altura de un niño
La ópera prima de Lorenzo Ferro y Lucas Vignale irrumpe en la sección Perspectives de la Berlinale con una historia mínima narrada desde la mirada de un niño que quiere escapar. Una propuesta que trabaja la forma antes que la anécdota.
En el marco de una selección que en la competencia oficial acumula películas que van entre lo intrascendente y lo inexplicable (en su gran mayoría), la sección Perspectives, dedicada a óperas primas, resulta mucho más estimulante. Es allí donde tuvo su premier mundial El tren fluvial (2026), dirigida por Lorenzo Ferro y Lucas Vignale; sin dudas una bocanada de aire fresco en una edición de la Berlinale (habiendo traspasado ya su Ecuador) particularmente decepcionante.
El conocido actor protagonista de El ángel y Simón de la montaña (Lorenzo “Toto” Ferro) y el habitual director de clips musicales Lucas Vignale, habían dirigido juntos el cortometraje La pasión (2023) y aquí arrancan con todo en su primer largometraje. El tren fluvial es un OVNI. Eso puede afirmarse sin contexto alguno, pero más aún en el marco de esta Berlinale. La historia puede resumirse en unas pocas palabras. Así lo hace el “catálogo” del festival: “Milo, de 9 años, vive en un alejado pueblo de la Argentina, donde estudia Malambo, una bravía danza folklórica. Es un excelente bailarín, pero el único deseo de Milo es el de escapar del campo en tren para ir a la Buenos Aires de sus sueños”.
Los brevísimos textos de la grilla que opera como catálogo desde que éste se dejó de realizar por aquí (la excusa del impacto ecológico de su impresión se contradice con la cantidad enorme de libros-grillas gratuitas que, en su mayoría, terminan en la basura y no explica la ausencia de un catálogo más serio on line) se concentran en eso: dos líneas para resumir “la trama”. En fin, una acotada visión del cine, ya que casi nunca hay una referencia al estilo o a las formas. Y es eso, justamente, lo que más interesa y llama la atención en El tren fluvial.
No hace falta esperar a los títulos y ver el primer agradecimiento (a Leonardo Favio) para percibir su influencia. En la propia película Milo ve en la casa familiar, en un antiguo televisor color, Soñar, soñar (de la cual El tren fluvial, podría pensarse como una re-versión). Lo mismo puede pensarse respecto del cine de Luis Ortega, pero no podemos dejar de sentir como injusto ese impulso de enumerar “influencias” al momento de analizar una ópera prima. La necesidad de encasillar nos empuja al cómodo refugio de ir a lo ya conocido. Particularmente odiosa, además, es esa costumbre de enumerar pretendidos guiños y citas y calificar una película en base al valor de aquellas obras citadas. Injusto con la película y poco atinado al momento de examinarla.
Y si bien en El tren fluvial ese vínculo, ese diálogo, es evidente, lo cierto es que posee particularidades propias que merecen ser destacadas. Hay en esta película esa mirada ingenua (que no por ello menos profunda) que nos puede llevar al Favio de Crónica de un niño solo (lo mismo que el evidente cariño por los distintos y descastados). Encontramos también una paleta de colores, cierta cualidad pictórica en el encuadre de sujetos y situaciones extrañas que nos remiten a Luis Ortega. Pero esas influencias, esa formación emocional de los directores adquiere un matiz diferencial y propio en una deriva que elude el naturalismo (en las actuaciones y en la puesta en escena) pero que no parece apuntar al grado de abstracción y extrañamiento que propone Ortega.
Lo del tono de las actuaciones requiere más pensamiento. ¿Se trata efectivamente de un escape del naturalismo o estamos tan acostumbrados a un modo de decir propio del cine (en este caso, de nuestro cine) que cualquier matiz o cambio nos lleva a esa conclusión? En todo caso: ¿cuál sería el tono más cercano a la realidad, a “lo natural”? Lo mismo con los particulares encuadres de la dupla de directores. Con muy pocos elementos, con una producción menos evidente, El tren fluvial encuentra belleza en lugares impensados. Lo que hace con los personajes que la pueblan, lo repite con el paisaje y la ciudad. No hay un maquillaje que embellece y oculta, no hay un regodeo vicario en las superficies. Sin embargo, no podemos dejar de sorprendernos frente a una calle no particularmente llamativa en la que la ausencia de gente nos permite descubrir una inesperada belleza. Una parada de colectivos o el breve instante (que parece eterno) en el que Milo se esconde bajo una cama adquieren otra dimensión porque la cámara está exactamente donde no esperábamos que estuviera.
Los directores respetan siempre el punto de vista desde el que narran. Que es el de Milo, claro está. Es por ello que las “rarezas” no resultan caprichosas sino que abrazan el esfuerzo de un niño por entender el mundo con las herramientas con las que cuentan. Destacable es la sensibilidad con que El tren fluvial puede recuperar ese “descubrir”, ese “mirar por primera vez”. Esa sensibilidad que explica lo que, en otro contexto, podría ligarse hasta a un componente fantástico.
Pequeña, honesta, llena de ideas. Desprejuiciada y amorosa. El tren fluvial está, sin dudas, entre lo mejor de la 76° Berlinale