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Crítica de "La princesa y el sapo": El retorno del Rey

Basada en el cuento clásico de los Hermanos Grimm, "El príncipe sapo", "La princesa y el sapo" (The Princess and the Frog, 2009) es el retorno a las fuentes que hicieron de la factoría Disney la mejor y más grande compañía de dibujos animados.

Crítica de "La princesa y el sapo": El retorno del Rey
domingo 25 de enero de 2026

Al padre de Tiana no le alcanzó una vida atravesada por el sacrificio y el trabajo constante. El sueño de abrir un restaurante permaneció siempre en el terreno del anhelo. Tiana absorbió ese esfuerzo y lo convirtió en objetivo propio. Ya sin la presencia física de su padre, la juventud la encuentra repartida entre dos empleos, responsabilidades acumuladas y una olla enorme que funciona como símbolo de un deseo que no se apaga: el negocio propio.

En paralelo, un príncipe llega a Nueva Orleans en busca de una heredera rica con quien casarse, pero su ingenuidad lo conduce a caer en manos de un hechicero vudú que lo transforma en sapo. La maldición solo puede romperse con el beso de una princesa auténtica. A partir de este cruce de destinos, la narración pone en juego aspiraciones individuales, pérdidas y la posibilidad de una transformación compartida.

Luego de incursiones poco felices —no en términos financieros, pero sí artísticos— en la animación 3D, el estudio retoma aquí un camino que le había dado resultados sostenidos. El regreso al dibujo en 2D, abandonado desde Vacas vaqueras (2004), define una puesta en escena despojada: fondos apenas sugeridos, personajes diseñados no para el impacto sensorial sino para servir al relato. La película se erige así como una afirmación clara: el peso narrativo no reside en la acumulación de estímulos visuales, sino en la construcción dramática.

Un ejemplo elocuente es la secuencia del funeral flotando sobre el pantano, atravesada por la pérdida de uno de los personajes más queridos. Allí, la representación de la muerte alcanza un punto poco habitual en la tradición del estudio, sin atajos ni edulcorantes. La dirección de Ron Clements y John Musker, responsables también de Aladdín (1992), refuerza esta idea de regreso a un norte narrativo claro. Como en aquella historia romántica, la película construye una fábula cerrada, un universo de realismo mágico donde cocodrilos músicos y sapos parlantes conviven con humanos sin que la lógica interna se resienta.

Como en las grandes películas infantiles, la coherencia del mundo propuesto habilita que todo sea posible sin que resulte impostado. Existen puntos de contacto con otros títulos del estudio —la centralidad del arte culinario, el peso del vínculo filial—, pero también una decisión explícita de correrse del molde tradicional de las protagonistas femeninas. Al igual que otras heroínas alejadas del canon clásico, Tiana rompe con una norma estética largamente instalada en la animación estadounidense.

La elección de una protagonista afroamericana podría leerse como una puerta a interpretaciones políticas, algunas inevitables. Sin embargo, ese gesto funciona más como una inscripción histórica que como una bajada discursiva: los afroamericanos fueron durante siglos una población relegada en las grandes ciudades, con libertades condicionadas por la servidumbre y la esclavitud. En ese sentido, la historia, situada entre las décadas del cincuenta y sesenta, dialoga con ese contexto sin convertirlo en eje explícito.

Triste y celebratoria a la vez, la película señala el regreso pleno de un estudio que había permanecido durante años absorbido por la competencia tecnológica. No fue una retirada, sino una pausa. El castillo vuelve a abrir sus puertas, esta vez apoyado en la fuerza de una narración que entiende que el encanto no depende del artificio, sino del relato.

10.0
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