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Crítica de "Asesino Ninja": Carnicería Ninja
"Asesino Ninja" (Ninja Assassin, 2009) es un entretenimiento arrollador por sus coreográficas peleas recargadas de sangre y violencia. El dolor físico, puesto en su máxima expresión, articula la trama de este film de acción producido por los hermanos Wachowski y Joel Silver, responsables de la saga "Matrix' (1999).
Asesino Ninja propone un relato de fuga y persecución centrado en Raizo (Rain), un asesino formado desde la infancia por el Clan Ozunu, una organización dedicada al adiestramiento de niños huérfanos para convertirlos en ejecutores al servicio de una lógica cerrada, jerárquica y violenta. La deserción del protagonista rompe ese pacto y lo transforma en un cuerpo a eliminar. A partir de ese gesto, la narración se estructura como una cacería doble: el Clan lo busca para ejecutar la traición y la policía intenta descifrar una red criminal que opera en las sombras.
Dirigida por James McTeigue, el film abre con un plano detalle que funciona como declaración de principios: una aguja atraviesa la piel, la sangre brota y el dolor se vuelve rito de iniciación. Desde esa primera imagen, el relato fija su gramática visual y no se aparta de ella. La violencia no aparece como excepción sino como sistema. El cuerpo, marcado y expuesto, es el territorio donde se inscribe la pertenencia.
La puesta en escena se apoya en secuencias de combate coreografiadas y filmadas con una lógica cercana al videoclip: montaje acelerado, cámara fragmentada y una estilización extrema de la sangre digital. El rojo domina el encuadre y construye un collage visual que remite a una tradición reciente del cine de acción, con ecos evidentes de Kill Bill y El tren de medianoche. La acción sostiene un pulso constante y evita los tiempos muertos, apostando a una acumulación de impactos más que a una progresión dramática.
En ese recorrido aparece Mika (Naomie Harris), una agente policial que establece un vínculo con Raizo y funciona como anclaje narrativo externo al universo del Clan. Sin embargo, la relación entre ambos no alcanza un desarrollo que permita dotar de espesor a las decisiones posteriores del protagonista. La alianza se enuncia, pero no se construye. Esa distancia afecta la implicación del espectador: las masacres se suceden con precisión coreográfica, aunque sin un correlato emocional que las sostenga.
El film introduce momentos de humor que buscan aliviar la densidad del dispositivo violento, pero la frialdad del vínculo central mantiene las escenas de combate en un registro cercano al videojuego: cuerpos que se enfrentan, caen y se levantan dentro de una lógica de niveles y enemigos, más que de consecuencias.
Asesino Ninja apuesta de manera explícita a la experiencia visual. La sangre, el sudor y la fisicalidad extrema organizan el relato y definen su identidad. El objetivo se cumple: el impacto está garantizado. Queda en manos del espectador decidir si ese despliegue alcanza por sí solo o si la ausencia de desarrollo dramático limita el alcance de la propuesta.