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Crítica de “Todas las habitaciones vacías”: el documental que devuelve humanidad a los tiroteos escolares

El documental "Todas las habitaciones vacías" sigue el proyecto de Steve Hartman, que registra las habitaciones intactas de víctimas de tiroteos escolares en EE.UU. para recuperar memoria.

Crítica de “Todas las habitaciones vacías”: el documental que devuelve humanidad a los tiroteos escolares
EscribiendoCine-Correcámara
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miércoles 03 de diciembre de 2025

Steve Hartman se definía como un reportero del optimismo, el tipo de figura que los noticieros reservan para cerrar una emisión y así aliviar, aunque sea por unos minutos, la secuencia de violencia cotidiana. Su firma estaba asociada a historias familiares, gestos de solidaridad, escenas domésticas que ofrecían un respiro. Esa dinámica cambió en 1997, cuando se convirtió en el primer periodista en informar sobre un tiroteo escolar en Estados Unidos. A partir de entonces, su trabajo quedó atravesado por una repetición trágica: año tras año, los ataques aumentaban, y con ellos la sensación social de acostumbramiento. Hartman entendió que había ingresado en un automatismo narrativo. Que incluso él estaba repitiendo una fórmula. Y decidió intervenir.

La primera escena de esa decisión ocurre en la casa de Dominic Blackwell. Sus padres lo acompañan hasta la habitación donde el universo de Bob Esponja ocupa cada rincón. La cama, los estantes, los juguetes, las tazas, las mochilas. El cuarto conserva la ropa tal como él la dejó hace cinco años; su madre solo lavó lo imprescindible para preservar el olor de su hijo. Hartman registra objetos y silencios. A su lado, el fotógrafo Lou Bopp detiene la mirada en detalles que no suelen aparecer en los noticieros: una lapicera caída, una colección de peluches, una imagen congelada de Dominic en un video doméstico. Dominic tenía 14 años cuando fue asesinado por un compañero en la escuela secundaria Saugus, en Santa Clarita, California.

En Estados Unidos, los tiroteos escolares pasaron de 17 a 132 por año. Frente a esa escala, Hartman decidió construir una forma distinta de narrar lo que se repite. El proyecto consistió en fotografiar respetuosamente habitaciones de niños y adolescentes asesinados, conservadas intactas por sus familias como lugares de memoria. Cada familia recibe luego un álbum impreso. El gesto busca desplazar el foco: devolverle centralidad a las víctimas, recuperar su presencia ante una audiencia habituada a ver al tirador como protagonista. Siete años pasó recorriendo esas habitaciones suspendidas en el tiempo. El documental Todas las habitaciones vacías (All The Empty Rooms, Joshua Seftel, 2025) recoge las últimas tres.

La habitación de Hallie Scruggs, asesinada a los 9 años durante el ataque en la escuela Covenant en 2023, está llena de dibujos y fotos. Su padre, Chad, duda de la utilidad de un proyecto así, pero confía en que la historia de su hija puede generar reflexión. El sonido de un pájaro acompaña la escena. Chad habla del olor, del acto de llorar sobre la cama, del gesto de su esposa que cada noche busca retener algo de su presencia.

Lou Bopp limpia la lente. Aclara que suele fotografiar la vida en movimiento, pero que nunca había trabajado con espacios donde la ausencia pareciera materializarse. Confía en Hartman porque entiende que ese registro requiere una distancia ética. En paralelo, él mismo lleva adelante un proyecto personal: retratar cada día a su hija Rose para seguir el paso del tiempo, consciente de que todo puede transformarse en un instante.

La habitación de Jackie Cazares, asesinada a los 9 años en la escuela primaria Robb en 2022, mantiene luces pastel encendidas de forma permanente. En la cama se conservan osos de felpa con grabaciones de su voz. Lou vuelve a detenerse en aquello que suele pasar inadvertido: un borde, una textura, un objeto que alguna vez formó parte de una rutina.

La última historia corresponde a Gracie Muehlberger, de 15 años, asesinada también en Saugus durante el mismo ataque que mató a Dominic. En su cuarto permanece una caja destinada a su “yo del futuro”, con cartas donde se hablaba a sí misma como quien imagina un recorrido vital posible. Su ropa, acomodada para el día siguiente, quedó suspendida en el perchero. Sus padres decidieron que nunca se tocara.

En estas habitaciones detenidas, Hartman y Bopp construyen una narrativa que intenta resistir la lógica de repetición. Los juguetes alineados, las camas intactas, los olores que los padres buscan preservar: todo adquiere la forma de un gesto que se opone al olvido. Frente al registro mediático que convierte el horror en rutina, su proyecto propone un detenimiento.

Quizás su sentido más profundo radique ahí: en obligar a mirar el tiempo detenido, en activar una memoria que se niega a desaparecer, en sostener una presencia que se resiste a la estadística. En esas habitaciones vacías todavía circula la posibilidad de un mundo diferente. Mientras alguien siga entrando, observando, nombrando, fotografiando —mientras alguien siga recordando— esas infancias no quedarán atrapadas en el silencio.

8.0
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