Crítica de "El Pepe, una vida suprema": Retrato de un lider (José “Pepe” Mujica)
El Pepe es el apodo del ex presidente uruguayo José Mujica, que gobernó el país sudamericano entre 2010 y 2015. Emir Kusturika, dos veces ganador de la Palma de Oro, empezó a trabajar en el documental durante los últimos meses de Mujica en el gobierno. "El Pepe, una vida suprema" (2018), proyectado fuera de competición en el Festival de Cine de Venecia, gira en torno a una serie de conversaciones entre estos dos titanes.
Mientras charlan, Emir Kusturica filma a José “Pepe” Mujica cocinando, acariciando a sus perros y hablando con ternura de sus tomates. Lo sigue con la cámara como quien se acerca a un mito sin atreverse del todo a rozarlo. El Pepe, una vida suprema se vende como un retrato íntimo del expresidente uruguayo, pero lo que entrega es una postal embellecida, un álbum de recuerdos intervenido por la devoción del director serbio.
Quien espere un repaso cronológico, saldrá frustrado: Kusturica no filma biografías, construye figuras. Ya lo había hecho con Diego Maradona, a quien persiguió como un fanático en busca de un dios terrenal. Aquella vez la obsesión era la “mano de Dios”, esa jugada que sintetiza picardía criolla y herida nacional tras la Guerra de Malvinas. Con Mujica, en cambio, la pulsión es otra: el encantamiento. La cámara lo rodea como quien contempla una reliquia viva, un santo laico que habla bajito y vive como predica.
La película oscila entre el testimonio y la hagiografía, entre la anécdota doméstica y el montaje simbólico. Kusturica se embelesa con la relación entre Mujica y Lucía Topolansky, su compañera inseparable. Le dedica un montaje fotográfico que recorre décadas de militancia, amor y resistencia, como si filmara la utopía posible de una pareja revolucionaria que envejece sin renunciar a sus principios.
La austeridad de Mujica —ese gesto que tanto seduce a las cámaras extranjeras— aparece en cada rincón de su casa y su huerta. En su jardín, el expresidente parece más un sabio estoico que un político retirado. Pero también está el Mujica estadista, el que da conferencias en México, Costa Rica o Estados Unidos, y que escucha más de lo que habla, incluso cuando tiene la palabra.
Los pasajes más oscuros —como los años de prisión durante la dictadura— se abordan con una distancia casi abstracta. Kusturica no reconstruye, sugiere. Inserta imágenes de Estado de sitio, la ficción de Costa-Gavras sobre la represión en América Latina, como si el archivo cinematográfico pudiera suplir la falta de memoria real. A diferencia de La noche de 12 años de Álvaro Brechner, aquí el sufrimiento es evocación poética, no carne viva.
Al final, lo que queda es un Kusturica fumando mientras Mujica reflexiona sobre la muerte, la política y las flores. El director se entrega al mito con una mezcla de fascinación y reverencia. Pero en ese gesto —como en todo acto de amor— hay tanto verdad como artificio.