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Crítica de “Ecos de Xinjiang”: Pablo Martín Weber y la ciencia ficción como resistencia

"Ecos de Xinjiang" reinventa la ciencia ficción con una estética de archivo intervenido donde se cruzan guerras invisibles, algoritmos de poder e inteligencias artificiales en colapso. Pablo Martín Weber (Homenaje a la obra de Philip Henry Gosse, 2020) arma un rompecabezas sensorial que reescribe el presente desde un futuro devastado.

Crítica de “Ecos de Xinjiang”: Pablo Martín Weber y la ciencia ficción como resistencia
viernes 09 de mayo de 2025

Ecos de Xinjiang (2024) no es solo una película: es un estado de excepción visual, una interfaz colapsada donde las imágenes intervenidas abren fisuras en el tiempo, la identidad y la geopolítica. En esta distopía tecnopolítica, Pablo Martín Weber no imagina el futuro: lo recupera desde sus escombros. Lo que emerge no es una ficción, sino un presente amplificado, más veraz que cualquier noticiero del prime time televisivo.

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La premisa es deliberadamente opaca y perturbadora: H., un policía argentino genérico, anodino, programado para obedecer, debe desencriptar el cerebro de un científico ruso torturado, guardián de una información encriptada: El Pulso, un mensaje alienígena que, acaso, contiene la última advertencia al planeta. La ciencia ficción aquí no evade: Diagnostica. Revienta.

Lo que Weber propone es un archivo mutante. No hay progresión causal ni relato clásico. Hay estratos de memoria digital, vigilancia interrumpida, guerras cifradas y paisajes residuales que no pertenecen a ningún lugar del mundo, pero lo condensan todo. De Jujuy a Xinjiang, el recorrido de H. es también el del espectador, atrapado en una deriva entre código, muerte y ruido de datos.

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H. no es un personaje, es un nodo: un avatar del sistema, ensamblado por los residuos del poder. En su cuerpo transitan figuras rotas —policía, prisionero, hacker, mártir sin fe— como capas de una identidad despedazada por la violencia, el control y la inteligencia artificial. Su tarea no es solo descifrar, sino reconstruir un sentido en un mundo donde todo ha sido hackeado.

Weber no narra: deconstruye, reprograma, sabotea. Las guerras rusas, los conflictos en Medio Oriente, las tensiones con China y la necropolítica global no son referencias: son códigos activos en una red de signos que describe la decadencia irreversible del presente. Lo que pulsa en Ecos de Xinjiang no es un mensaje del espacio exterior, sino el eco desesperado del ahora: un clamor por recodificar el presente antes de que se vuelva ilegible.

Los cuerpos se disuelven en escombros, los lenguajes se fracturan y las ruinas emergen como la última frontera de lo legible. En este colapso digital, el cine se convierte en un archivo vivo, un vestigio de sentido. Como en El Eternauta, el futuro no llega como una amenaza externa, sino como una invasión que borra todo a su paso. La verdadera batalla, nos dice Ecos de Xinjiang, no es por el control del futuro, sino por el relato: quién lo escribe, quién lo borra. Y, al final, el viaje no es hacia lo por venir, sino hacia el instante exacto donde perdimos el presente.

8.0
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