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Crítica de “Agotados”: Ariel Staltari en un viaje esquizofrénico por el delirio gastronómico porteño

"Agotados" convierte a Ariel Staltari en una maquinaria actoral desbordante de vértigo, crítica y caos, bajo la mirada filosa de Pablo Fábregas.

Crítica de “Agotados”: Ariel Staltari en un viaje esquizofrénico por el delirio gastronómico porteño
viernes 09 de mayo de 2025

Cuando la sobrecarga actoral se vuelve método, y el vértigo escénico se transforma en denuncia, Agotados aparece como una radiografía histérica del capitalismo gourmet argentino. Adaptación libre de Fully Committed, esta versión dirigida por Pablo Fábregas y protagonizada por Ariel Staltari empuja los límites del unipersonal hacia el terreno del exceso performático.

Durante poco más de una hora, Staltari muta en más de 40 personajes —desde socialités desesperadas hasta chefs tiránicos y celebridades mediáticas con acento forzado— todos desesperados por una mesa en Byron, el restaurante más exclusivo de Buenos Aires. Lo que podría haber sido una comedia liviana se convierte, gracias al tono local y a la velocidad impuesta, en un espectáculo tan hilarante como desbordado.

El corazón de Agotados no es el restaurante, sino Sam, un aspirante a actor que se bate entre la esperanza de una audición salvadora y la rutina alienante de recibir llamados telefónicos a gritos. Atrapado entre la precariedad laboral, la humillación de clase y un padre emocionalmente extorsivo, Sam se convierte en un arquetipo del artista porteño: con talento, sin oportunidades y siempre al borde del colapso nervioso.

Es ahí donde Staltari brilla: su capacidad para moverse entre acentos, géneros y registros emocionales sin siquiera abandonar el centro del escenario es tan admirable como agotadora para el espectador. El actor no interpreta: se multiplica hasta la extenuación. Y esa entrega total, lejos de ser gratuita, sirve para subrayar una pregunta central: ¿cuántas personalidades debemos habitar para sobrevivir en un sistema que no escucha?

Conocido por su agudeza en el humor, Pablo Fábregas no suaviza el material original, sino que lo vuelve más cáustico. Lejos del formato stand-up, aquí todo es ritmo, precisión, y una dramaturgia ajustada al milímetro para no desbordarse. El resultado es incómodo y fascinante.

Los guiños a figuras locales —desde Susana Giménez hasta "La Chica del Brunch"— no funcionan como chistes al paso, sino como estocadas directas a una sociedad adicta a la exclusividad, el show permanente y el acceso restringido. Agotados no solo parodia el lujo: lo arrastra, lo expone y lo convierte en caricatura.

6.0
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