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Crítica de "Viento Blanco": Mariano Saborido en la inmensidad de la rutina y el deseo
El unipersonal "Viento Blanco", protagonizado por Mariano Saborido, escrito por Santiago Loza y dirigido por Valeria Lois y Juanse Rausch, presenta un relato cargado de melancolía, erotismo y búsquedas de identidad en un paisaje agreste del sur.
En el recóndito sur argentino, en un pueblo donde el tiempo parece detenerse, Mario, el protagonista de Viento Blanco, enfrenta la rutina de un hostal en el que la memoria de su madre se mezcla con los vientos fríos de la costa. Es un monólogo profundamente introspectivo, escrito por Santiago Loza y dirigido por Valeria Lois y Juanse Rausch,, que expone la lucha interna de un hombre en busca de su propia libertad, mientras se enfrenta al peso de un pasado del que no puede desprenderse.
El escenario de Viento Blanco está impregnado de un aire de desolación. El puerto que alguna vez fue un centro de actividad ahora está vacío, y el único movimiento visible es el de las olas que azotan la costa. Esta imagen del mar, cargada de simbolismo, funciona como el espejo de la vida de Mario: un hombre que, atrapado en su monotonía, anhela escapar pero no sabe cómo. La escenografía de Rodrigo González Garillo se integra perfectamente con la historia, generando una atmósfera opaca que resalta la soledad y la incomodidad del personaje.
Interpretado por Mariano Saborido, Mario es un personaje profundamente marcado por contradicciones internas. A lo largo del unipersonal, se desarrolla una suerte de monólogo en el que Mario se enfrenta a su propio reflejo, recurriendo constantemente a la memoria de su madre, que se convierte en un punto de anclaje y, a la vez, en una prisión emocional de la que parece incapaz de escapar. La obra juega con la tensión entre soltar ese vínculo maternal, visto como un lastre, y la necesidad de enfrentarse a un futuro incierto, simbolizado por un forastero que irrumpe en su vida. Este extraño aparece como la encarnación de la posibilidad de cambio, pero, a su vez, su presencia está teñida de incertidumbre, temor y la duda sobre si, realmente, este nuevo camino traerá liberación o simplemente más confusión.
A lo largo de la narrativa, la presencia de la madre y la llegada del forastero funcionan como los dos motores narrativos que guían la acción. Mientras la madre es un vínculo del pasado, una constante que define la vida de Mario, el forastero representa un potencial futuro, una fuga hacia un destino incierto. A través de estos dos personajes, la obra pone en cuestión las formas de amor, dependencia y deseo que se desarrollan en un contexto aislado y casi claustrofóbico.
En medio de la reflexión existencial, Viento Blanco no deja de lado el erotismo, que aparece como un impulso vital. A través de imágenes de erotismo clerical, animales marinos y el constante viento, la obra explora el deseo de manera sutil, pero no menos intensa. El deseo de escapar, de encontrar algo o alguien que le dé sentido a la vida de Mario, se convierte en el motor principal que empuja al personaje hacia una transformación.
Como ocurre con los mejores relatos, Viento Blanco deja preguntas sin responder, situaciones que quedan suspendidas en el aire. Este final abierto, cargado de melancolía, refuerza el tema central de la obra: la inevitabilidad del paso del tiempo y la dificultad de escapar de lo que nos define, incluso cuando ese algo es una sombra del pasado.