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Crítica de "Toy Story 3": Mis juguetes favoritos

Continuación de la saga con la que el estudio Pixar se consolidó como la más creativa y masiva factoría de animación, "Toy Story 3" (2010) emociona gracias a un relato sensible y de irreprochable factura técnica.

Crítica de "Toy Story 3": Mis juguetes favoritos
domingo 16 de junio de 2019

Sobre el vínculo entre maduración y felicidad tratan Toy Story (1995) y Toy Story 2 (1999). Ambas películas abordan el tema a partir de la relación de un niño con sus juguetes y de la forma en que esos juguetes animados se relacionan entre sí. Aunque el foco está en el mundo infantil, lo hacen desde una perspectiva adulta. El cine, en su artificio, logra que grandes y chicos se identifiquen con las historias, algo que vuelve a suceder en esta nueva entrega, potenciando lo logrado en las anteriores.

El encanto de Woody, Buzz Lightyear, Rex o el Señor y la Señora Cara de Papa permanece intacto. El paso del tiempo ha demostrado lo que ya quedaba claro en las primeras películas: son personajes definidos no solo por sus rasgos físicos, sino también por su dimensión psicológica, que los hace reconocibles y cercanos.

El procedimiento narrativo central continúa siendo el mismo: son juguetes con vida que deben simular quietud para que los niños sigan jugando sin que se imponga el caos. En Toy Story 3, Andy ya es un adolescente que inicia la universidad, un viaje iniciático de fuerte impronta estadounidense. Si antes los juguetes lograban reconquistar su atención, ahora enfrentan dos posibles destinos: el ático o la basura. Pero esos destinos serán alterados por obra de los propios juguetes, que al igual que los humanos están sujetos al paso del tiempo, aunque permanezcan inmutables en su materialidad. Esa contradicción habilita una reflexión sobre el consumismo y la relación entre los objetos y el afecto, sin dejar de lado a la platea infantil.

En una de las secuencias más significativas, un teléfono de juguete narra el origen de la crueldad de Lotso, el oso de peluche que domina Sunny Side con autoridad casi dictatorial. Allí se condensan los ejes del film: el abandono, la ambigüedad del mal y la tensión entre comunidad y resentimiento. El universo de los juguetes funciona como un espejo del mundo adulto, donde la felicidad se construye en lo colectivo y la ruptura de ese lazo deriva en violencia y dominación.

La película también introduce guiños que trascienden el entretenimiento. El desfile de Ken, caricatura camp en clave de comedia, no es solo un momento humorístico: aporta matices al personaje y refuerza la idea de que la estética no está al servicio de la técnica, sino de la narración. A diferencia de Shrek, que se repliega sobre su propia parodia, Toy Story 3 integra las diferentes capas visuales en coherencia con la historia.

Su dimensión política es evidente: muestra cómo una comunidad organiza distintas formas de poder y cómo una apariencia amigable puede esconder la gestación de un monstruo. En el contexto de un capitalismo global todavía esperanzado en la figura de Obama, no resulta menor que el film tematice estas tensiones.

Vale la pena verla subtitulada para apreciar las voces originales de Tom Hanks, Tim Allen, Joan Cusack y otros actores. El 3D aporta profundidad, pero el verdadero atractivo está en el diseño de la animación. Toy Story 3 es, finalmente, una experiencia que conecta a los adultos con su infancia y recuerda que, más allá de su valor económico, los juguetes encarnan afectos hasta que la madurez los convierte en simples objetos.

10.0
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