Sala Lugones
Crítica de "Museo de la subversión": Francisco D’Eufemia y la gramática del enemigo
En "Museo de la subversión", el director Francisco D’Eufemia examina la filmación de una visita guiada de 1985 en la que los militares exhibían su propia versión de la represión ilegal, revelando las tensiones de un pasado que pugnaba por sobrevivir en plena transición democrática.
En Museo de la subversión (2025), el archivo de una visita guiada a una sala antisubversiva en el barrio porteño de Palermo funciona menos como mero testimonio histórico que como manual de instrucciones de una mirada oficial. Mientras las audiencias del Juicio a las Juntas comenzaban a desarticular la impunidad castrense en los tribunales, el aparato militar recibía a la prensa extranjera para exponer trofeos, organigramas y maniquíes vestidos de combate. Al rescatar la grabación en video de ese recorrido y cruzarla con la red de museos que las Fuerzas Armadas habían montado en distintas dependencias del país, la película de Francisco D’Eufemia propone una hipótesis concreta: el poder militar no solo ejerció la violencia clandestina, sino que construyó una escenografía institucional para fijar su propia narrativa de victoria y administrar la culpabilidad ante la mirada externa. En ese circuito guiado por uniformados, los objetos no ilustraban hechos reales sino que fabricaban culpables, subordinando cualquier pregunta sobre su origen a la demostración dogmática de una amenaza.
La operación formal del documental radica en desplazar la atención desde el contenido de la muestra hacia el gesto que la gobierna. El montaje registra cómo una mano señala insistentemente fotografías y paneles, estableciendo conexiones arbitrarias y dictando la dirección del ojo ajeno. Al aislar ese movimiento, la cámara desarma la puesta en escena castrense y expone el andamiaje retórico de la propaganda. El espacio expositivo operaba como el reverso exacto de la justicia: allí donde los tribunales exigían pruebas y responsabilidades individuales, el museo militar aglutinaba armas y banderas para construir un bloque abstracto de enemigos internos. La simultaneidad temporal entre ambas escenas expone los límites de la transición, evidenciando que el poder castrense conservaba la prerrogativa de administrar el relato público cuando el poder ejecutivo ya había cambiado de manos.
Lejos de limitarse a denunciar la falsedad de aquella versión oficial, el trabajo de archivo interroga las fisuras de su propia construcción visual. El documental incorpora voces y documentos externos para tensionar la rigidez del material de 1985, delimitando con precisión quirúrgica aquello que la muestra dejaba deliberadamente fuera de cuadro. Esa distancia crítica impide que el metraje original funcione como mera curiosidad arqueológica y lo transforma en evidencia de una batalla cultural que excedía los cuarteles. La eficacia de la propuesta reside en mostrar cómo la dictadura no solo ejerció la violencia física, sino que preparó con anticipación los argumentos visuales con los que pretendía sobrevivir a su propia caída.
El mérito mayor de la película consiste en evitar el didactismo automático y confiar en la contundencia de sus fuentes para desnudar la maquinaria ideológica del terrorismo de Estado. D’Eufemia no busca la refutación simplista, sino la disección morfológica de un discurso que pretendía institucionalizarse como verdad en los albores democráticos. El archivo deja de ser un documento pasivo para convertirse en la radiografía exacta de cómo un régimen derrotado intentó dictar su propio testamento visual.