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Crítica de "Los paranoicos": el miedo al otro y el deseo de encontrarse

Gabriel Medina explora la soledad, el trabajo y los vínculos a través de un animador de fiestas infantiles cuya vida queda expuesta en una serie de televisión. Con Daniel Hendler, Jazmín Stuart y Walter Jakob, la película encuentra en los gestos y las miradas una forma de narrar la necesidad de afecto.

Crítica de "Los paranoicos": el miedo al otro y el deseo de encontrarse
miércoles 28 de octubre de 2026

Los paranoicos (2008) construye sus climas como extensiones del mundo de Luciano Gauna. El personaje vive en un departamento entre objetos kitsch y tonos ocres que traducen su estado emocional. Ese espacio también puede leerse como un residuo de los años noventa: una década que instaló una imagen de éxito ligada a la globalización, encarnada aquí por Manuel, mientras dejó a otros, como Gauna, entre la alienación y la deriva.

Luciano Gauna (Daniel Hendler) trabaja como animador de fiestas infantiles. Es introvertido y teme haber contraído VIH, aunque, según le explican cuando finalmente se anima a consultar por teléfono, las posibilidades de transmisión en la situación que describe son escasas. Su dificultad para vincularse atraviesa tanto el trabajo como la intimidad.

La llegada de Manuel (Walter Jakob), su amigo de toda la vida, altera esa rutina. Manuel triunfó en España con una serie llamada Los paranoicos, cuyo protagonista lleva el nombre de Luciano Gauna. El reencuentro expone así una apropiación: mientras uno transforma las inseguridades del otro en ficción y reconocimiento, el otro permanece atrapado en ellas. Manuel se impone mediante el cuerpo, la palabra y su manera de ocupar los espacios. Además, llega acompañado por su novia, Sofía (Jazmín Stuart).

Gabriel Medina organiza la puesta en escena alrededor de las carencias que los personajes dejan entrever. Jakob compone a Manuel desde la desmesura y una forma de violencia que aparece en su trato con los demás. Hendler y Stuart, en cambio, trabajan con una economía de gestos que encuentra su expresión en las miradas compartidas. La escena de la cena condensa esa complicidad: sin necesidad de explicaciones, permite reconocer los miedos, las expectativas y la necesidad de afecto que acercan a Gauna y Sofía.

La película dialoga con ciertas formas de la comedia estadounidense, en particular con el cine de Paul Thomas Anderson. El estallido de Gauna contra el comerciante del supermercado remite al personaje de Adam Sandler en Embriagado de amor: en ambos casos, la ira abre una fisura por la que sale aquello que el protagonista no consigue expresar en sus vínculos.

Gauna representa una experiencia generacional, aunque sus comportamientos impiden reducirlo a esa condición. En una de las escenas que concentran el sentido de la película, baila en soledad, como si pudiera liberar mediante el cuerpo la energía que su relación con el entorno mantiene contenida. El baile vuelve visible su deseo de contacto y, al mismo tiempo, la distancia que lo separa de los demás. Su insistencia en el temor al VIH puede leerse dentro de esa tensión: el acercamiento aparece atravesado por la posibilidad de una amenaza.

De esas miradas, de los mundos mediados por la ficción y de un enamoramiento que empieza a modificar el aislamiento habla Los paranoicos. En el desenlace, Medina retoma lo que venía construyendo a través de los cuerpos y los gestos: la posibilidad de que Gauna encuentre en el otro un lugar donde su deseo pueda expresarse.

8.0
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