Lecturas

Tom Wolfe y la vigencia de "El nuevo periodismo"

Entre el manifiesto, la memoria de redacción y la antología, "El nuevo periodismo" convirtió el reportaje en una disputa por el lugar de la literatura. Leerlo hoy, cuando las plataformas multiplican las voces y la inteligencia artificial interviene en la circulación de noticias, permite recuperar una exigencia del oficio: salir, observar y reunir aquello que todavía no fue contado.

Tom Wolfe y la vigencia de "El nuevo periodismo"
sábado 24 de octubre de 2026

Richard Nixon vuelve a empezar. Tiene que grabar un mensaje de un minuto, pero una frase se alarga, una idea se cruza con otra, una sirena interfiere en el sonido. Alrededor, asesores y técnicos administran su imagen. La promesa de restablecer la ley y el orden necesita encontrar el ritmo que le permita entrar en televisión. Joe McGinniss registra las tomas, las interrupciones y los comentarios. En lugar de resumir el procedimiento, obliga al lector a atravesarlo. La repetición revela cómo se fabrica la autoridad.

Ese fragmento de Cómo se vende un presidente, incluido en El nuevo periodismo (Anagrama), ofrece una entrada al libro de Tom Wolfe. Permite comprender qué estaba en discusión detrás de su proclamada batalla contra la novela: la capacidad de una forma narrativa para mostrar lo que una noticia, aun cuando informa sin errores, puede dejar afuera. Saber qué dijo un candidato y conocer el proceso mediante el cual produjo esas palabras son experiencias distintas de lectura. Entre ambas se abre un campo de investigación.

Publicado originalmente en 1973, el volumen combina una intervención de Wolfe sobre el lugar del periodismo en la literatura con una antología que funciona como demostración y, por momentos, como discusión de sus argumentos. La edición de Anagrama recoge una selección de aquella compilación realizada junto con E. W. Johnson. La traducción de José Luis Guarner conserva las aceleraciones, las exclamaciones y los cambios de registro de un autor que convierte hasta la exposición de una técnica en una escena de combate.

Wolfe empieza por las aspiraciones de los reporteros. En las redacciones que recuerda, escribir una novela constituía la salida hacia el reconocimiento. El periódico pagaba el alquiler, proporcionaba historias y permitía acumular experiencia hasta que llegara el momento de abandonarlo. El desplazamiento que describe ocurre cuando algunos periodistas descubren que pueden emplear esa experiencia dentro del propio oficio. El reportaje deja de ser una espera antes de la literatura y empieza a reclamar un lugar en ella.

El autor organiza esa transformación como una lucha entre clases de escritores. Arriba están los novelistas; después, los ensayistas y críticos; abajo, quienes trabajan para diarios, revistas y suplementos. Su relato avanza con el placer de quien anuncia una insurrección. Pero mientras denuncia las jerarquías también revela cuánto desea intervenir en su reparto. Los periodistas quieren reconocimiento, lectores, firmas que se distingan. La competencia por narrar la sociedad contiene otra competencia: quién obtiene el derecho a interpretarla.

Su defensa del oficio adquiere mayor alcance cuando abandona el escalafón y explica cómo se consigue el material. La escritura comienza antes de sentarse a escribir. Hay que permanecer junto a las personas, escuchar conversaciones, conocer sus horarios, advertir las diferencias entre lo que declaran y lo que hacen. La construcción mediante escenas, el diálogo, el punto de vista y los detalles que expresan una posición social dependen de ese trabajo. Un mueble, una prenda o un modo de dirigirse a un empleado pueden revelar las aspiraciones y los temores que una entrevista formal mantiene bajo control.

Desde esa perspectiva, la antología desborda la función de ilustrar un programa. Cada texto plantea una relación entre observación y conocimiento. Rex Reed acompaña a Ava Gardner y encuentra, entre sus desplazamientos y sus conversaciones, el desgaste de vivir bajo una imagen que otros administran. Barbara L. Goldsmith sigue a Viva entre la celebridad de la Factory y un departamento donde falta dinero para pagar la electricidad. Leídos en continuidad, ambos trabajos permiten reconocer una estructura que atraviesa industrias y generaciones: la exposición de una mujer puede producir beneficios y prestigio sin asegurarle autonomía sobre su vida.

John Gregory Dunne encuentra otra forma de esa distancia entre imagen y experiencia en la primera exhibición de El extraordinario doctor Dolittle. Los ejecutivos de la Fox observan las reacciones del público y luego ensayan explicaciones para soportarlas. La película todavía puede convertirse en el éxito que todos necesitan que sea. El relato escucha cómo una organización elabora su propia versión de lo ocurrido. Las conversaciones, las bromas y las fórmulas que se repiten muestran una defensa del poder desde adentro, sin necesidad de que el narrador interrumpa para anunciarla.

En el texto de Nicholas Tomalin sobre un general estadounidense en Vietnam, el acceso produce consecuencias que exceden cualquier demostración de estilo. El periodista acompaña una operación y registra la familiaridad con que se decide disparar. Su presencia dentro del helicóptero permite oír las justificaciones mientras la violencia sucede. Cuando le ofrecen un fusil, lo rechaza. Ese movimiento establece una frontera dentro de la proximidad: compartir el espacio del personaje no equivale a participar de sus actos.

La variedad también alcanza al lugar del autor. Norman Mailer se convierte en personaje de su relato sobre la marcha contra la guerra hacia el Pentágono; Dunne procura desaparecer de las escenas que observa. Wolfe aprecia procedimientos que podrían parecer incompatibles. Allí el libro desarma una simplificación que todavía acompaña al periodismo narrativo: la idea de que tener una voz consiste en hablar continuamente de uno mismo. La presencia del periodista debe responder a lo que permite comprender.

Wolfe, sin embargo, concede al escritor una autoridad que conviene discutir. En el apéndice considera que el sentimiento de deuda hacia las personas entrevistadas puede entorpecer el trabajo. Su respuesta consiste en afirmar la importancia de la escritura frente a las actividades de aquellos sobre quienes escribe. Esa confianza protege la independencia del reportero, pero también puede servirle de coartada. Haber conseguido acceso a una vida no resuelve cómo contarla. La destreza para organizar una escena exige responder por aquello que se selecciona, se omite o se presenta como pensamiento de otra persona.

Los fragmentos del propio Wolfe, sobre la sociabilidad de los Bernstein y las relaciones entre organizaciones barriales y funcionarios, vuelven visible ese problema. Su atención a los gestos y los signos de estatus descubre contradicciones que los discursos disimulan. Al mismo tiempo, el gusto por la caricatura puede fijar a las personas en el papel que el narrador necesita. Leerlo supone seguir la precisión de su mirada y advertir cuándo esa mirada empieza a clausurar otras interpretaciones.

La actualidad de El nuevo periodismo aparece en ese conjunto de tensiones. El Digital News Report 2026, del Instituto Reuters, describe un consumo de noticias cada vez más mediado por redes sociales, plataformas de video y herramientas de inteligencia artificial, junto con una preocupación creciente por la confianza y la desinformación. En ese escenario, distinguirse mediante una voz puede abrir una relación con los lectores; también puede convertir la personalidad del narrador en sustituto de la investigación. Wolfe permite examinar ambas posibilidades porque su libro las contiene.

La inteligencia artificial agrega otra pregunta a su defensa de las técnicas del realismo. Una escena puede tener ritmo, diálogos y detalles que produzcan la impresión de haber estado allí. Esa impresión, por sí sola, no acredita nada. El valor periodístico depende de cómo se obtuvo lo narrado y de la posibilidad de sostenerlo frente a preguntas. Recuperar hoy a Wolfe implica volver sobre ese trabajo previo que su despliegue verbal a veces deja en segundo plano.

Más de medio siglo después, la anunciada derrota de la novela interesa menos que las condiciones necesarias para escribir un reportaje. Alguien debe disponer de tiempo para observar; un medio debe pagarlo; un editor debe acompañar la investigación y discutir el texto. Cada escena de esta antología lleva las huellas de esas condiciones. Volver a El nuevo periodismo permite preguntar cuántas historias dejamos de conocer cuando el oficio pierde la posibilidad de permanecer junto a otros.

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