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Crítica de "Amarte": Roberto Girault y el amor como refugio frente al dolor
Roberto Girault cruza el romance entre una actriz y un ilustrador con una historia sobre el duelo y la necesidad de escapar. Cassandra Sánchez Navarro y José María de Tavira sostienen una película que encuentra en sus protagonistas lo que el guion no siempre consigue desarrollar.
En Amarte (2026), escapar es el punto de partida del enamoramiento. Isabel Concordia necesita alejarse de una fama que convierte su intimidad en mercancía; Celestino Ruedas imagina un viaje a Marte para sobrellevar aquello que no puede resolver en la Tierra. La comedia romántica mexicana, escrita y dirigida por Roberto Girault, reúne a estos personajes alrededor de una pregunta: ¿qué puede ofrecer una relación cuando ambos buscan refugio de su propia vida?
Isabel, interpretada por Cassandra Sánchez Navarro, es una actriz de telenovelas que huye del set de grabación y sufre un accidente automovilístico. Ese episodio la conduce hasta Celestino, un ilustrador de cómics que sueña con viajar a Marte junto a Suso y Polo, sus compañeros de aventuras y hermanos de imaginación. El encuentro organiza una historia en la que el romance convive con el humor y la fantasía, mientras el pasado empieza a modificar el sentido de lo que vemos.
La película se sostiene, ante todo, en el intercambio entre sus protagonistas. José María de Tavira construye a Celestino a partir de su relación con las rutinas y los universos que inventa: para él, imaginar también es una manera de mantener un orden. Sánchez Navarro encuentra espacio para mostrar el desgaste de Isabel detrás de su exposición pública. Sus escenas compartidas permiten que la cercanía se construya mediante gestos y conversaciones, sin depender por completo de las explicaciones del guion.
El elenco de reparto, integrado por Jesús Zavala, Andy Zuno, David Chocarro y Cynthia Klitbo, introduce pausas de humor cuando la narración se concentra en el dolor de sus personajes. La fotografía de Carlos Aguilera, por su parte, utiliza los encuadres para administrar lo que el espectador sabe y lo que todavía permanece fuera de su alcance. Esa relación entre mostrar y ocultar participa de la construcción del relato: la percepción de Celestino condiciona también nuestra manera de entrar en su mundo.
Girault intenta que el viaje a Marte tenga un peso que exceda la ocurrencia de un soñador. El proyecto está ligado a un trauma de infancia y a la pérdida de los hermanos de Celestino. La fantasía aparece entonces como una forma de sostener la presencia de quienes ya no están y de aplazar el encuentro con esa ausencia. Isabel también vive dentro de una ficción, aunque la suya se produce para el consumo de otros: debe representar una imagen de éxito incluso cuando necesita abandonarla.
En ese cruce, Amarte encuentra un eje para desarrollar. Los dos personajes dependen de una narración que los protege y, a la vez, limita sus posibilidades de actuar. Sin embargo, el guion no siempre explora las consecuencias de esa coincidencia. El duelo y la salud mental funcionan con frecuencia como recursos para explicar conductas, preparar revelaciones o poner a prueba la relación. La película les concede importancia dentro de la trama, pero menos espacio para desplegar sus contradicciones.
Los diálogos dejan ver parte de ese problema. En las conversaciones entre los hermanos, el esfuerzo por distinguir sus personalidades deriva en frases que parecen escritas para explicar una idea antes que para responder a una situación. Las reiteraciones y la elaboración verbal interrumpen por momentos el intercambio. Entre Isabel y Celestino, en cambio, la palabra encuentra más apoyo en la escucha y en las reacciones de los actores.
También hay una tensión en la construcción de Isabel. Aunque la película le atribuye un conflicto propio —recuperar el control sobre una vida sometida a la mirada ajena—, por momentos reduce su participación al impulso que necesita Celestino para cambiar. El problema no reside en su desenvoltura, sino en que sus deseos pierden espacio cuando el relato la convierte en una respuesta al dolor de él. La relación gana espesor cuando ambos pueden necesitar algo; lo pierde cuando ella queda al servicio del recorrido de su compañero.
La música de Dan Zlotnik acompaña ese movimiento con resultados que varían según la escena. En algunos pasajes sostiene el ritmo del encuentro; en otros, subraya una emoción que las actuaciones ya habían transmitido. Esa insistencia refleja una tendencia de la película a explicar o remarcar aquello que podría dejar abierto a la percepción del espectador.
Hacia el desenlace, Amarte concentra sus conflictos en la posibilidad de construir una vida compartida. La apuesta por un final feliz responde al recorrido del romance, aunque también simplifica parte de las tensiones que el relato había introducido. El vínculo ofrece una salida, pero la película deja poco margen para pensar qué implica sostenerla más allá de la resolución.
Girault encuentra en Sánchez Navarro y De Tavira el apoyo para acercarse a la soledad, el duelo y la necesidad de compañía. Cuando confía en ellos, Amarte permite que el afecto se construya sin tantas explicaciones. Cuando busca ordenar cada herida dentro de la fórmula romántica, reduce el alcance de sus propias preguntas. El romance convence, pero el desenlace le atribuye al amor una capacidad para resolver el dolor que la propia historia no alcanza a justificar.