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Crítica de "Los delincuentes": robar dinero para recuperar el tiempo

En "Los delincuentes" (2023), Rodrigo Moreno parte de un robo bancario para interrogar la relación entre trabajo, tiempo y libertad. A través de Morán y Román, la película desplaza el interés por el delito hacia una pregunta: cuánto de la vida estamos dispuestos a entregar para asegurarnos la subsistencia.

Crítica de "Los delincuentes": robar dinero para recuperar el tiempo

El dinero que circula por las manos de Morán y Román pertenece siempre a otros. Como empleados de un banco en Buenos Aires, ambos participan de una rutina que organiza sus horarios, sus movimientos y sus expectativas. En ese mundo, Morán encuentra una salida: robar una suma que les permita dejar de trabajar, asumir la responsabilidad y cumplir una condena mientras su compañero guarda el botín. El cálculo convierte la cárcel en una paradoja: pasar unos años encerrado podría garantizarle un tiempo de libertad que el empleo le niega.

La premisa dialoga con Apenas un delincuente (1949), de Hugo Fregonese. Moreno retoma ese vínculo entre apropiación del dinero y aceptación del castigo, pero lo utiliza como punto de partida para explorar qué significa disponer de la propia existencia. El homenaje se transforma así en una discusión con la tradición del policial: el robo pone la historia en marcha, aunque sus consecuencias exceden la persecución y la posibilidad de una captura.

En la primera parte, el banco establece una forma de encierro. Los trajes, las corbatas, la atención al público y la repetición de tareas hacen del trabajo una administración del cuerpo y del tiempo. La puesta en escena permite reconocer esa disciplina sin necesidad de explicarla mediante discursos. El malestar aparece en la persistencia de los gestos, en las conversaciones y en la distancia entre lo que los personajes hacen y aquello que podrían desear.

Buenos Aires prolonga esa organización. Los viajes, los cafés y los espacios de tránsito inscriben a los protagonistas en una ciudad atravesada por obligaciones. Su presencia no cumple apenas una función de ambientación: permite observar cómo la jornada laboral continúa fuera del banco y condiciona los vínculos, los recorridos y las posibilidades de encuentro.

Las actuaciones de Daniel Elías, como Morán, y Esteban Bigliardi, como Román, sostienen esa tensión desde la contención. Sus personajes no encarnan una rebeldía previamente resuelta. La decisión de sustraerse al trabajo abre dudas, temores y contradicciones: abandonar una rutina también supone perder las certezas que esa misma rutina proporcionaba.

Con el desplazamiento hacia el campo, cambia la experiencia del tiempo. El paisaje deja de estar subordinado al traslado entre una obligación y otra; caminar, conversar o permanecer en un lugar adquieren una duración que la vida bancaria no contempla. La película acompaña esa transformación y permite que los encuentros y el deseo desvíen el recorrido previsto por el robo.

Ese movimiento también afecta la narración. Moreno posterga respuestas, abre desvíos y concede espacio a situaciones que suspenden la urgencia del delito. La forma participa así del conflicto: una historia sobre la recuperación del tiempo se permite dejar de avanzar según las exigencias de la productividad. Cada pausa pone a prueba nuestra expectativa de que toda escena deba conducir, sin demora, hacia una resolución.

El campo, sin embargo, no cancela las consecuencias de lo ocurrido. El dinero sigue vinculando a los protagonistas con aquello de lo que intentan alejarse. Allí reside una de las tensiones de Los delincuentes: la libertad se imagina por fuera del trabajo, pero necesita financiarse con los recursos del sistema que se busca abandonar.

La película sostiene esa contradicción sin clausurarla. El delito habilita una posibilidad, aunque no ofrece instrucciones para vivir de otro modo. Morán y Román pueden calcular cuánto dinero necesitan; descubrir qué hacer con el tiempo recuperado exige una búsqueda que ninguna suma resuelve.

9.0
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