Festival de San Sebastián
Crítica de “Simulacro”: un experimento cinematográfico para sanar un pasado inaceptado
La ópera prima de Nitya López Saitua, titulada Simulacro llega cargada con una pregunta tan personal como universal: ¿qué hacemos con los recuerdos que no tenemos y que nos pesan como una losa; arrastrando ese dolor imperceptible del que huimos por miedo a afrontarlo?
Protagonizada por Iraia Elías (Leire) y Miguel Garcés (Jesús), la película nace de un hecho concreto en la vida real del director: la separación de sus padres cuando él solo tenía cuatro años. Al no conservar ningún recuerdo claro de aquel momento que cambió su vida, Nitya recurre a la herramienta que mejor conoce —el cine— para llenar ese vacío.
A primera vista, el planteamiento del director rosa lo disparatado. Pretender que dos actores reconstruyan la intimidad y el desgaste de un matrimonio real parece un empeño surrealista. Al fin y al cabo, los actores no son folios en blanco: llegan al rodaje con sus propias historias, experiencias personales y formas de entender el mundo. ¿Cómo van a acercarse a lo que sintieron Jesús y Leire en su propio hogar hace décadas?
Una postura clave para entender la ética del proyecto es la actitud positiva del padre real de Nitya: “Es tu historia”. Apoyar el arduo empeño de su hijo es una forma de ayudarle a procesar su posición de rehén involuntario de un niño de cuatro años. “Es mejor intentar entenderlo que la negación y la huida, arrastrando ese dolor en silencio” .
En la ficción tradicional, el espectador acepta la argumentación: sabe que lo que ve es una invención y lo supone para disfrutar de la historia. En Simulacro , el pacto es completamente distinto. No se nos pide que creamos que estamos viendo el pasado tal cual ocurrió, sino que acompañamos al director en la búsqueda de algo aproximado a la verdad.

La película esquiva la estructura lineal convencional. Aquí no hay un guion cerrado que se sigue de principio a fin, sino un proceso vivo y compartido donde el propio Nitya se coloca delante de la cámara. El director es un actor más —seguramente el principal—, porque la historia que está intentando reconstruir y entender es la suya.
Simulacro funciona en varios niveles superpuestos que se van mezclando con fluidez. El relato de los actores se combina con las voces de los padres verdaderos, entrevistados por separado. Incluso se intercalan grabaciones domésticas del director cuando era niño con recursos visuales muy sencillos pero eficaces para entender el ambiente familiar.

Destaca una escena especialmente entrañable en la que dos sombras de manos reflejadas en la pared, manejadas por los actores, cuentan el enamoramiento inicial, el anuncio del embarazo y el pánico compartido ante la llegada del hijo, todo bajo la mirada atenta del director desde el combo.
Sin embargo, la convivencia empieza a resquebrajarse ante la irrupción de los problemas cotidianos más prosaicos: el cansancio, las discusiones recurrentes, el dinero que no alcanza, las deudas. El clima se vuelve tenso hasta desembocar en el momento inevitable en que Jesús abandona la casa de Leire y la relación se rompe definitivamente.

Simulacro le rinde honor a su título. No pretendas vendernos que lo que vemos en pantalla sea una reproducción exacta del pasado, porque el pasado original es irrecuperable. Lo que consigue es algo distinto y quizás más valioso: crear un ensayo controlado donde las emociones que emergen durante la filmación sí son reales o al menos lo parecen.
Al final, la película demuestra que el cine no solo sirve para contar historias inventadas o hechos documentales objetivos, sino también para fabricar los recuerdos que la memoria nos denegó y cerrar heridas que llevaban demasiado tiempo abiertas y haciendo mucho daño.