Salas de México
Crítica de "Jíkuri: viaje al país de los tarahumaras", una película de Federico Cecchetti sobre el encuentro entre Artaud y la cultura rarámuri
Federico Cecchetti recupera el viaje de Antonin Artaud a la sierra Tarahumara para explorar el encuentro entre el pensamiento occidental y la cosmogonía rarámuri. Lejos de la biografía convencional, la película construye una experiencia atravesada por la lengua, el cuerpo y el ritual.
En 1936, Antonin Artaud viajó a México en busca de una forma de conocimiento que Europa parecía haberle negado. Jíkuri: viaje al país de los tarahumaras (2026) parte de aquel episodio, pero no lo convierte en una aventura de iniciación. Cecchetti utiliza los escritos del poeta francés para indagar en la dificultad de comprender una cultura desde el exterior.
El relato se concentra en el vínculo entre Artaud, interpretado por François Négret, y Rayénari, un corredor rarámuri encarnado por José Cruz Apachoachi. El primero intenta acceder a otro modo de relacionarse con el cuerpo y lo sagrado; el segundo pertenece a un territorio que el visitante apenas puede descifrar. La tensión entre ambos permite que la comunidad no quede reducida a escenario de la transformación del protagonista.
La película reemplaza las explicaciones por caminatas, cantos, baños en el río y ceremonias. El uso de la lengua rarámuri refuerza esa decisión: no busca aportar color local, sino preservar una distancia. Cecchetti evita traducir cada gesto y acepta que parte de esa experiencia permanezca fuera del alcance de Artaud y del espectador.
El montaje alterna la sierra con el hospital psiquiátrico. De un lado, el padecimiento se vincula con el encierro y el electrochoque; del otro, con una práctica comunitaria que involucra danza, naturaleza e invocación. El contraste alcanza su sentido cuando Artaud intenta reproducir el ritual en la institución médica: separado del territorio y de la comunidad, el gesto conserva la memoria de la experiencia, pero pierde su función.
Después de El sueño del Mara’akame, Cecchetti vuelve a preguntarse cómo representar a los pueblos originarios sin someterlos a una mirada turística. Aunque el relato permanece ligado al punto de vista del visitante europeo, Jíkuri reconoce esa tensión y la incorpora a su propuesta. Su interés no está en explicar qué encontró Artaud, sino en mostrar los límites de su búsqueda.