Festival de San Sebastián 2026
Crítica de "Las ciegas hormigas": La imperturbable obstinación de los desheredados
A través de una puesta en escena áspera, la tempestad se alza como el primer tirano de un relato donde la miseria desata la despiadada contienda entre vecinos hambrientos, golpea el equilibrio familiar y moviliza el cerco implacable de la Guardia Civil.
En su tercer largometraje, Las ciegas hormigas (2024) —basado en la monumental novela de Ramiro Pinilla—, Igor Legarreta dibuja una costa vasca de 1930 asfixiada por la humedad, el carbón y el frío calador.
El drama rural estalla cuando un buque de transporte de carbón inglés encalla en la costa vasca por la furia de un vendaval. Para el patriarca de la familia Jáuregui, Sabas (Urko Olazábal), ese cargamento atrapado en las "tripas negras" del barco no opera como un mero golpe de fortuna, sino como una oportunidad vital y obsesiva que expone los resortes de un ecosistema darwiniano: una carrera contrareló frente a las pésimas condiciones climatológicas, el riesgo extremo del acantilado, unos vecinos dispuestos a arrebatarse el botín y la constante amenaza del teniente García (Carlos Santos).
Legarreta maneja con pulso firme la tensión moral y física de un clan que no opera solo como un refugio afectivo —sino también como un espacio de fricción y de intereses contrapuestos—. Frente a la tiranía utilitaria del padre, que reduce el cargamento de carbón a un imperativo práctico para la supervivencia del grupo, sus hijos orbitan desde sus propios intereses particulares. Es Fermín —el hijo recluido, el inadaptado crónico— quien sorprende al abandonar su encierro para respaldar al padre sin objeciones, mientras el pequeño Ismael contempla el naufragio con la fascinación de quien quiere aprender a descifrar las leyes del mundo adulto.

La crueldad, en una de sus máximas expresiones, se manifiesta cuando la tragedia golpea de manera fulminante. En esa colisión insoportable, la muerte repentina choca de bruces con la urgencia económica de Sabas, priorizando el ocultamiento del botín y el silencio cómplice, por encima del desgarro y las exigencias de duelo de la madre, Josefa (Itziar Ituño). Una colisión ética que encapsula su frase lapidaria: “La pelea contra la muerte, no la vas a poder ganar”. El resumen perfecto de una condena a lo Sísifo: la tragedia de unos desheredados reducidos a la maquinaria de la supervivencia cruda y real.
El pulso dialéctico entre Sabas y el teniente García expone en la mirada de Legarreta los mecanismos íntimos de la servidumbre de clase. Un desafío entre la supervivencia desesperada de los años 30 y la rigidez de la ley burguesa, que culmina en un diálogo afilado: Sabas le recuerda a García su condición de clase —“Tú eres como nosotros, pero defiendes a tus amos”—, obteniendo una respuesta tan lúcida como desoladora: “Y los tuyos”. El cineasta sella así una condena que atrapa a los desheredados no solo en su miseria material —el carbón no es suyo, tiene dueño—, sino en la trágica contradicción de asumir como propia la lógica implacable del capital que los devora y la autoridad que la perpetúa.

Pasada la tormenta llega la calma. El entierro se erige como el espacio de una tregua insólita donde los conflictos quedan aparcados: los vecinos, enemigos ayer, desfilan en silencio acompañando a la familia en su duelo. El ritual funerario actúa como un mecanismo atávico de cohesión donde hasta el propio teniente García se somete al dictado del luto colectivo, reconociendo sutilmente su pertenencia a la comunidad, aunque su rol institucional le obligue a custodiar y restaurar el orden establecido.

El film de Legarreta rechaza cualquier falsa promesa de liberación para cerrarse sobre una profunda carga amarga: la constatación de que Ismael no hereda del padre un horizonte de escape, sino la victoria indiscutible del sistema. Una clausura lúcida que expone el relevo generacional no como un triunfo, sino como la asunción ciega de una rueda de molino dispuesta a seguir devorando a los desheredados.