Festival de Cine de Toronto 2026

Crítica de "Donde comienza el río”: sobrevivir entre la violencia de la ciudad y la memoria de la selva

El tercer largometraje del colombiano-canadiense Juan Andrés Arango, estrenado en el Festival de Toronto, sigue a una mujer emberá desplazada que abandona Bogotá junto a su hija. La película contrapone dos formas de supervivencia y examina el desarraigo, la identidad y el regreso al territorio de origen.

Crítica de "Donde comienza el río”: sobrevivir entre la violencia de la ciudad y la memoria de la selva
EscribiendoCine-Noticine
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martes 15 de septiembre de 2026

El tercer largometraje de Juan Andrés Arango comienza con una expulsión. La comunidad indígena emberá que habita a orillas del río Andágueda, en el occidente de Colombia, debe abandonar su territorio ante la llegada de los paramilitares. Entre las personas desplazadas se encuentra Yajaira, una mujer que intenta reconstruir su vida en Bogotá después de haber perdido a un hijo por la violencia.

En la capital colombiana, Yajaira vende pulseras y artesanías en la calle. Vive con su hija María, su padre y su abuela en un departamento donde varias generaciones comparten el mismo espacio. La ciudad no representa un refugio, sino la continuidad del desplazamiento por otros medios: el ruido, la precariedad y la amenaza reemplazan al despojo territorial.

Yajaira procura mantener el vínculo con su cultura y su lengua mientras el entorno urbano las empuja hacia los márgenes. La película registra ese desgaste sin reducirlo a una sucesión de privaciones. La pérdida de identidad ocurre en los gestos cotidianos, en las formas de subsistencia y en la dificultad de transmitir una memoria comunitaria dentro de un territorio que parece exigir su abandono.

María encuentra en Matteo, un chico del barrio, uno de los pocos vínculos que todavía conserva algo de la infancia. Cuando él muere durante un enfrentamiento entre bandas, Yajaira comprende que permanecer en Bogotá significa exponer a su hija a la misma violencia de la que intentó protegerla.

La muerte del joven activa una decisión que la protagonista venía postergando: regresar a la selva. Antes del amanecer, madre e hija comienzan un viaje hacia el territorio emberá. No se trata únicamente de abandonar la ciudad, sino de recuperar una pertenencia que el desplazamiento había dejado suspendida.

En el camino aparece Jhon, un joven vinculado con una pandilla que teme por su vida y pide acompañarlas. Yajaira acepta, aunque nunca termina de confiar en él. El espectador conoce una información que ella ignora: Jhon tuvo una responsabilidad indirecta en la muerte de Matteo.

Este dato instala una tensión que acompaña todo el recorrido. Arango, sin embargo, evita convertirlo en el motor de un thriller. El secreto funciona como una carga moral y transforma el viaje en una confrontación con aquello que cada personaje intenta dejar atrás.

A partir de la salida de Bogotá, Donde comienza el río (2026) adopta la estructura de una película de viaje. El desplazamiento avanza entre autobuses, terminales, calles nocturnas y espacios de tránsito hasta internarse en la selva.

La ruta no funciona solamente como una sucesión de obstáculos. A medida que cambia el paisaje, también se modifican las relaciones entre Yajaira, María y Jhon. La cercanía obliga a los personajes a exponer sus pérdidas, sus temores y las consecuencias de sus decisiones.

El pasado de Jhon emerge de forma gradual. La película administra la información sin recurrir a un enfrentamiento inmediato, aunque esa contención también limita por momentos la intensidad del conflicto. La tensión está presente, pero no siempre alcanza el desarrollo dramático que promete.

Cuanto más se alejan de Bogotá, menos clara resulta la separación entre el peligro exterior y las heridas que los personajes llevan consigo. La violencia no queda atrás con el cambio de territorio: continúa dentro de ellos y condiciona la manera en que se observan.

Yajaira ocupa el centro de la película sin responder al modelo de una heroína de acción. Su capacidad surge de la experiencia, el conocimiento del territorio y la disposición para cuidar a los demás. Sabe tratar enfermedades mediante prácticas tradicionales, reconoce los códigos de la naturaleza y establece vínculos con quienes encuentra durante el recorrido.

Su resistencia no depende de la agresividad. Frente a personajes masculinos conducidos por el miedo, la culpa o la violencia, Yajaira sostiene otra manera de intervenir en el mundo. Protege a su hija, toma decisiones y conserva la posibilidad de escuchar sin que esa disposición implique ingenuidad.

La calma del personaje contiene una tensión permanente. Detrás de cada gesto se encuentran el desplazamiento, la muerte de su hijo y el temor de repetir la pérdida con María. Ese pasado explica su determinación, pero Arango evita convertirlo en un recurso sentimental.

Donde comienza el río no se limita a narrar una fuga. La película enfrenta dos formas de entender la supervivencia. En Bogotá, la vida aparece organizada alrededor del territorio, la amenaza y la competencia. En la selva, Yajaira recupera un conocimiento que la ciudad había desplazado.

Su identidad indígena deja entonces de operar como una marca de exclusión y se convierte en una herramienta. Allí puede leer el entorno, curar y orientar el camino. El regreso no elimina los peligros, pero modifica la relación de la protagonista con aquello que la rodea.

La puesta en escena sostiene este contraste. En Bogotá, la cámara se detiene en las calles ocupadas, las construcciones sin terminar y los interiores donde el espacio nunca alcanza. Al ingresar en la selva, los planos se prolongan y el paisaje adquiere otra función. Ya no constituye un fondo para la acción: interviene sobre los cuerpos, los ritmos y las decisiones.

La fotografía construye parte del sentido de la película, aunque en algunos pasajes termina cargando con un peso que el guion no consigue acompañar. Las imágenes producen una relación con el territorio, pero la contemplación no siempre amplía el conflicto.

Arango trabajó antes sobre la migración, el desplazamiento y la identidad en La Playa D.C. y X500. En Donde comienza el río, esas preocupaciones se concentran en una relación entre madre e hija y en una pregunta que atraviesa el viaje: cuál es la diferencia entre encontrar un lugar donde vivir y recuperar un territorio al cual pertenecer.

El elenco está integrado por intérpretes no profesionales de la región. Esta decisión aporta registros corporales y formas de hablar vinculadas con el espacio representado. Sin embargo, las actuaciones permanecen dentro de un tono contenido que no siempre sostiene los momentos de mayor exigencia emocional.

El problema se vuelve más visible durante el tramo final. La dirección conserva el mismo ritmo incluso cuando la historia reclama una alteración. Algunas escenas concluyen antes de desarrollar sus consecuencias, mientras otras confían en que la contemplación del paisaje complete aquello que el guion apenas formula.

Esa distancia limita el impacto de una película cuyo conflicto reúne violencia política, desplazamiento, duelo y pertenencia. La contención evita el subrayado, pero también reduce la fuerza de ciertos acontecimientos.

El río del título funciona como destino geográfico y como punto de encuentro entre memoria, identidad y supervivencia. Arango construye una fábula sobre el regreso al origen sin separar ese recorrido de las condiciones sociales que lo hicieron necesario.

Entre Bogotá y la selva, Yajaira no busca recuperar una vida intacta. Busca preservar los saberes que todavía pueden transmitirse a su hija. Volver a casa, plantea la película, no consiste en retroceder, sino en reconstruir una identidad después de que la violencia intentó borrarla.

7.0
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