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"Un deseo desmesurado de amistad": Hélène Giannecchini contra la jerarquía de los afectos

En "Un deseo desmesurado de amistad", Hélène Giannecchini indaga en los vínculos que existen fuera de la familia biológica y la pareja para reconstruir una genealogía queer hecha de archivos, fotografías, militancia y afectos. El libro, traducido por Álex Gibert y publicado por Anagrama, propone pensar la amistad no como un vínculo secundario, sino como una forma de organizar la vida y también de intervenir sobre la memoria.

"Un deseo desmesurado de amistad": Hélène Giannecchini contra la jerarquía de los afectos
sábado 22 de agosto de 2026

Hay una pregunta que atraviesa Un deseo desmesurado de amistad: ¿qué sucede cuando la historia familiar no alcanza para explicar quiénes somos? Hélène Giannecchini parte de esa insuficiencia para emprender una investigación que es personal, pero que pronto abandona los límites de la autobiografía. Lo que busca no son antepasados en el sentido convencional, sino vidas anteriores capaces de ofrecerle una filiación allí donde la sangre no puede hacerlo.

“Parte de mi historia no me la contaron”, escribe al comienzo. No se trata de reprochar un silencio familiar. Sus padres le hablaron de sus vidas, amores, amistades, trabajos y fracasos. El problema es otro: ellos no podían transmitirle una experiencia que no habían vivido. Giannecchini necesita entonces construir una segunda genealogía, integrada por quienes antes que ella desarrollaron sus vidas alrededor de deseos, identidades y relaciones apartadas de los modelos dominantes.

Ese desplazamiento sostiene las 232 páginas del libro. La autora francesa convierte la búsqueda de antecedentes en un método de escritura y, al mismo tiempo, en una pregunta política: quiénes ingresan en los archivos, qué relaciones merecen ser conservadas y qué ocurre con aquellas vidas cuyos rastros desaparecen junto con quienes las protagonizaron.

La respuesta de Giannecchini consiste en buscar. Viaja, consulta archivos, recupera fotografías, reconstruye historias y acepta también los espacios vacíos. Allí aparece una de las decisiones que definen el libro: frente a las lagunas documentales, la imaginación no funciona necesariamente como falsificación sino como herramienta para disputar el relato. La autora encuentra esa posibilidad en Monique Wittig y en una consigna que adopta como programa: recordar y, cuando el recuerdo no alcance, inventar. La historia familiar también está hecha de relatos seleccionados, interpretados y transmitidos; por eso, sostiene, es posible construir otros.

Una familia fuera de la sangre

Uno de los episodios que mejor condensa esa operación tiene como protagonista a Donna Gottschalk. Giannecchini regresa de Estados Unidos llevando consigo cientos de negativos de la fotógrafa, cuyo trabajo registró a lesbianas de clase obrera, personas trans, trabajadores y sujetos situados fuera de los espacios habituales de representación. En medio de las turbulencias del vuelo, protege la mochila con ese archivo como si transportara algo propio.

No es solamente una imagen sobre la conservación de fotografías. Gottschalk tiene casi la edad de la madre de Giannecchini y la escritora termina pensando ambas figuras como dos filiaciones paralelas: una recibida y otra escogida. La posibilidad de imaginar que podría haber sido criada por una fotógrafa lesbiana de Nueva York contiene buena parte del programa del libro. La genealogía deja de ser una línea determinada exclusivamente por el nacimiento y pasa a convertirse en una construcción.

Por eso Un deseo desmesurado de amistad no funciona solamente como un ensayo sobre amigos. Su problema central es la organización jerárquica de los afectos. La cultura occidental ha colocado durante siglos a la pareja, el matrimonio y la familia biológica en el centro de la vida adulta. La amistad suele permanecer alrededor: acompaña, contiene, completa. Giannecchini altera esa distribución y pregunta qué ocurriría si dejáramos de considerarla un vínculo subsidiario.

La pregunta adquiere otra dimensión dentro de las comunidades queer. Cuando la familia tradicional o la pareja heterosexual dejan de constituir el único horizonte posible, las relaciones elegidas pueden convertirse en estructuras de supervivencia, transmisión y pertenencia. La amistad ya no aparece entonces como aquello que sucede entre relaciones consideradas más importantes, sino como una arquitectura desde la cual resulta posible construir una existencia.

Del deseo oculto a la amistad reivindicada

El título del libro surge durante un viaje a Ámsterdam. Giannecchini recorre el Homomonument junto con sus amigas después de conocer la noticia de la matanza ocurrida en 2022 en el Club Q de Colorado Springs. Allí descubre unas palabras inscritas en el suelo: “Presa de un deseo desmesurado de amistad”. La frase parece describir inmediatamente al grupo y se convierte durante esos días en una suerte de lema compartido.

Después descubren que su interpretación era históricamente equivocada. El verso pertenece al poeta neerlandés Jacob Israël de Haan y procede de un poema de comienzos del siglo XX en el que la amistad funcionaba como una manera indirecta de nombrar el deseo homosexual. Lo que las amigas habían leído como celebración literal de la amistad había sido, originalmente, una estrategia para hablar de aquello que no podía decirse abiertamente.

Giannecchini conserva, sin embargo, aquella primera lectura. Y en esa obstinación aparece uno de los movimientos más productivos del libro. Si durante décadas “amiga” o “amigo” sirvieron para esconder relaciones homosexuales, reivindicar ahora la amistad implica evitar la operación inversa: convertir todo vínculo intenso en una relación sexual o romántica. La autora quiere devolverle autonomía a esa palabra.

La distinción importa porque permite pensar el afecto fuera de las categorías que suelen ordenarlo. Giannecchini no intenta demostrar que la amistad pueda parecerse al amor de pareja. Pretende discutir por qué debería necesitar parecerse a él para adquirir reconocimiento.

El archivo también es una política

La escritura avanza entre recuerdos personales, investigación histórica, fotografías y documentos. La Casa Susanna —espacio de encuentro para travestis y personas trans en Estados Unidos durante las décadas de 1950 y 1960—, las imágenes de Donna Gottschalk o la memoria de la militancia de Act Up forman parte de una constelación antes que de una cronología.

Giannecchini trabaja sobre los rastros porque sabe que el archivo nunca es neutral. Lo que una sociedad conserva dice tanto como aquello que permite desaparecer. Las historias minoritarias presentan además un problema específico: muchos de sus vínculos no dejaron contratos, certificados ni documentos oficiales. Una pareja puede quedar registrada mediante un matrimonio; una filiación, mediante un nacimiento. Una amistad que sostuvo una vida durante décadas puede no dejar ninguna constancia administrativa.

Ahí se entiende la dimensión política que el libro atribuye a los afectos. Reconocer determinadas relaciones supone también decidir qué vidas pueden ser narradas. Cuando Giannecchini afirma que necesita esa memoria para enfrentarse a la soledad, está planteando algo que excede la experiencia individual: carecer de pasado significa también carecer de modelos para imaginar el futuro.

El libro encuentra su tensión más productiva precisamente en esa combinación entre ensayo, autobiografía y archivo. La experiencia personal funciona como puerta de entrada, pero Giannecchini evita convertirla en explicación universal. Cada historia conduce hacia otras historias y cada fotografía obliga a preguntarse quién estaba detrás de la cámara, quién aparece delante y qué relación permitió que esa imagen existiera.

En ese movimiento, la amistad termina convirtiéndose en un método. Permite reunir aquello que la historia había separado, establecer parentescos sin sangre y pensar una comunidad no únicamente como identidad compartida, sino como una red de cuidados, recuerdos y transmisiones.

Hacia el final del fragmento que da título al volumen, Giannecchini define la amistad como refugio, alternativa a la familia biológica, práctica política y posibilidad de futuro. Esa acumulación podría haber convertido el ensayo en una declaración programática. Sin embargo, el libro encuentra su sentido cuando esas ideas permanecen vinculadas a cuerpos, fotografías, viajes, conversaciones y personas concretas.

Un deseo desmesurado de amistad termina proponiendo otra manera de pensar el linaje. No pregunta únicamente de quién descendemos, sino a quiénes decidimos reconocer como nuestros antecesores y con quiénes elegimos construir continuidad. Frente a una historia organizada alrededor de herencias biológicas, matrimonios y descendencias, Giannecchini imagina una genealogía lateral: personas que quizá nunca se conocieron pueden pertenecer a una misma familia porque compartieron formas de resistencia, deseos y maneras de acompañarse.

Tal vez allí se encuentre la operación central del libro. No reclamar para la amistad el lugar que ocupa el matrimonio, sino cuestionar por qué necesitamos ordenar los afectos de acuerdo con una escala de importancia. Giannecchini escribe desde otra posibilidad: que una vida pueda construirse alrededor de aquellos vínculos que elegimos y que esa elección, lejos de pertenecer solamente a la intimidad, también forme parte de la historia.

Un deseo desmesurado de amistad, de Hélène Giannecchini. Traducción de Álex Gibert. Anagrama, 232 páginas.

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