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Crítica de "El último mono": cuando la batalla de los sexos esquiva el conflicto

Joaquín Mazón enfrenta a un gurú de la seducción con una escritora feminista en una comedia romántica que encuentra en la machosfera un punto de partida para hablar del presente. Sin embargo, "El último mono" abandona pronto la posibilidad de interrogar esos discursos y convierte el conflicto ideológico en una fórmula de atracción entre opuestos.

Crítica de "El último mono": cuando la batalla de los sexos esquiva el conflicto
EscribiendoCine-Noticine
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viernes 07 de agosto de 2026

El español Joaquín Mazón construye en El último mono (2026) una comedia romántica a partir de una premisa que conecta con una discusión instalada en las redes sociales: el enfrentamiento entre un gurú de la seducción formado en los códigos de la machosfera y una escritora feminista dispuesta a cuestionar sus argumentos. El punto de partida abre la posibilidad de una sátira sobre los discursos que circulan en el ecosistema digital, pero la película cambia de rumbo a medida que avanza y termina subordinando ese conflicto a las convenciones del género romántico.

Allí aparece uno de sus principales problemas. El guion construye el machismo radical y el feminismo como posiciones enfrentadas pero equivalentes, dos extremos que deberían revisar sus certezas para encontrarse en un supuesto punto medio. Esa simetría resulta problemática porque coloca en un mismo nivel la reivindicación de derechos y los discursos que los cuestionan. La película transforma así una discusión política y cultural en una diferencia de opiniones entre sus protagonistas.

La operación también condiciona la construcción de los personajes. El cómico Juan Dávila traslada a la pantalla buena parte de los recursos asociados a su trabajo sobre el escenario. Su interpretación se sostiene en el gesto, el énfasis y una expresividad que pocas veces modifica el registro. El personaje queda entonces sujeto a una sucesión de recursos humorísticos antes que a una evolución capaz de explicar sus contradicciones.

Frente a él, Susana Abaitua encuentra más posibilidades en los intercambios y consigue sostener algunos de los momentos de la película, aunque el guion limita el desarrollo de su personaje. Su función consiste, en buena medida, en actuar como oposición ideológica y sentimental del protagonista. La paradoja es significativa: una película que pretende discutir determinados lugares asignados a hombres y mujeres termina construyendo a su protagonista femenina alrededor del recorrido del personaje masculino.

El último mono oscila de este modo entre la parodia de los gurús digitales y los mecanismos de la comedia romántica sin terminar de integrar ambos registros. Cuando observa el universo de la machosfera aparecen algunas de sus ideas con mayor recorrido: el lenguaje basado en el éxito, el cuerpo, la conquista y la promesa de una masculinidad recuperada permite reconocer discursos que hoy encuentran circulación en redes sociales y comunidades digitales.

Pero la película utiliza ese fenómeno principalmente como fuente de gags. En lugar de avanzar sobre sus mecanismos de seducción, sus contradicciones o las razones por las que esos discursos encuentran audiencia, el relato comienza a desplazarse hacia un camino conocido: dos personajes situados en posiciones opuestas que, después de sucesivos enfrentamientos, descubren una atracción y relativizan las diferencias que parecían separarlos.

La fórmula podría funcionar si el desarrollo sentimental permitiera revisar a los personajes. El problema es que el romance termina operando como una vía para desactivar el conflicto planteado al comienzo. La discusión deja de ser qué representan esas posiciones para convertirse en cuánto están dispuestos a ceder él y ella para encontrarse.

También el humor funciona de manera irregular. La secuencia del karaoke y algunos intercambios permiten advertir una comedia posible, apoyada en el contraste entre personajes y en la exposición del gurú cuando sus fórmulas dejan de funcionar. Son momentos que aparecen de forma aislada y no alcanzan a organizar el tono general de la película.

El último mono tenía un material conectado con discusiones contemporáneas sobre masculinidad, feminismo y construcción de identidades en las redes. Sin embargo, Mazón prefiere utilizar ese escenario como envoltorio de una estructura romántica conocida. La película evita llevar hasta sus consecuencias el conflicto que ella misma propone y termina buscando una conciliación donde había una discusión que requería algo más que acercar posiciones.

En esa decisión se encuentra su límite: quiere hablar de la machosfera sin detenerse demasiado en ella, discutir el feminismo sin desarrollar sus argumentos y construir una comedia romántica sin que la relación entre sus protagonistas consiga resolver esas contradicciones. Al final, el problema no es que El último mono tome partido, sino que parece esforzarse demasiado por no hacerlo.

4.0
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