Basada en el texto de Hernán Casciari
Christian Basilis lleva “Canelones” de la literatura a la pantalla grande
“¡Fue un proyecto totalmente transformador!”, resaltó el cineasta en una entrevista exclusiva con EscribiendoCine.
Una comedia negra inspirada en hechos reales. Esta es la premisa de Canelones (2026), la película codirigida por Christian Basilis y Ana Laura Gussoni, basada en una historia de Hernán Casciari, que sigue el secuestro de Chichita, la madre del escritor, a manos de Daniel Olesnik en 2015. Olesnik buscaba saldar una deuda de sangre: vengar la broma adolescente de Hernán y su amigo Chiri en 1987, que había empujado a la madre de Daniel al suicidio. Una ineludible espiral de venganza, asfixiante y fatal, que transcurrió en una única noche.
El cuento de Casciari ya está instalado en el imaginario popular. ¿Qué desafíos te planteó la trasposición del libro al audiovisual?
Eso siempre implica un desafío porque la historia ya viene con universo en la cabeza de la gente, que la leyó y que la ama. De hecho, es uno de los cuentos más conocidos de Hernán, que tiene un tono muy lúgubre, si se quiere, y casi narra una pesadilla, en clave de humor.
Por un lado, es un cuento popular-en lo personal, es el que más me gusta de toda la obra de Hernán- y, por otro lado, nos daba la posibilidad de contar algo que se desprendió del texto y que lo trascendió. O sea, el relato terminó siendo un disparador para contar algo que sucedió como efecto del mismo varios años después. Entonces, sentimos que ahí teníamos el combo perfecto.
¿Cuáles son las particularidades de la mezcla de géneros que propone el film, entre la comedia negra, el drama, el thriller…?
Nos paramos en un cruce de géneros porque la película tiene un poco de melodrama, un poco de thriller y un poco de comedia negra. De hecho, las dos tramas que posee la película, que avanzan en forma paralela, están contadas en dos géneros distintos. Ese fue el gran desafío.
Y en torno al disparador del relato, ¿cómo recordás tu vínculo con las bromas telefónicas?
Eran casi un deporte para nosotros, en las tardes aburridas de Mercedes. No había mucho para hacer, el teléfono era un juguete porque nos interesaba muchísimo usarlo para, de alguna manera, contar historias con un otro que terminaba siendo un actor involuntario. ¡Era un gran divertimento! Cuando nos quedábamos solos en mi casa, o en la casa de Hernán, marcábamos números al azar, a veces específicos, para engañar, y sabíamos quién estaba del otro lado. La broma de la película fue una de las últimas, creo que realmente fue la última. El cuento de Hernán tiene muchísimo de realidad.
A modo de balance, ¿qué te representa a nivel personal y profesional “Canelones”?
Fue un proyecto totalmente transformador. En lo personal, fue de muchísimo aprendizaje hacer una película. Es una tarea muy grande, que demanda mucho esfuerzo físico y presión mental, mucha energía. Es una gran aventura en la que, por lo menos yo, terminé totalmente cansado. A su vez, es muy gratificante. Nuestra intención original y primaria siempre es comunicarnos con un público, con un otro, tender un puente de diálogo y de comunicación, nos interesa esa respuesta. También fue un proceso de transformación interno, una escuela. Fue una enorme posibilidad que me dio la comunidad Orsai, de poder dirigirla. Entonces, el balance, más allá del resultado, es totalmente positivo.
Si tenés que elegir una escena dentro del film que haya tenido un significado especial para vos, ¿cuál seleccionás?
Me parece que es un momento en el que los personajes de Chiri y Hernán, o sea, Agustín Aristarán y Darío Barassi, van caminando por un bulevar de Mercedes, con dos calles que pasan a los costados en distintas direcciones. Ahí caminábamos mucho con Hernán de chicos y de adolescentes, hablábamos de lo que íbamos a hacer, de lo que soñábamos hacer. Me acuerdo haber dicho: “Vamos a hacer películas. Nos vamos a ir a Buenos Aires a vivir, a hacer libros, a hacer una editorial, a publicar revistas y hacer cine”. Y toda esa cosa delirante de chicos que sueñan con desplegar sus alas y levantar vuelo, en el medio del rodaje, con todo el cansancio, me cayó la ficha. Dije: “¡Para! Esos somos nosotros, nos están representando a nosotros”. Fue como que el tiempo se desdobló. Me estalló el cerebro y me conmovió, me emocionó profundamente esa situación.