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Crítica de "Tony": el verano en que Anthony Bourdain descubrió que la cocina podía cambiarle la vida
Matt Johnson reconstruye los primeros pasos de Anthony Bourdain sin recurrir a la mitificación. Con Dominic Sessa y Antonio Banderas al frente del reparto, "Tony" encuentra en la cocina el escenario de un relato de formación que privilegia el aprendizaje por encima de la leyenda.
El joven Anthony Bourdain, interpretado por Dominic Sessa, cree que la mejor forma de abrirse camino consiste en inventarse un pasado más interesante que el real. Miente sobre su experiencia, exagera sus logros y construye una identidad basada en la improvisación. Durante buena parte de Tony (2026), la biopic dirigida por Matt Johnson, resulta difícil imaginar que ese muchacho sin rumbo terminará convertido en una de las voces más influyentes de la gastronomía contemporánea. Con Antonio Banderas en el papel de su mentor culinario, la película evita la hagiografía y apuesta por mostrar a un Bourdain contradictorio: egoísta, inseguro e impulsivo, alguien que más tarde se definiría como un "miserable, narcisista, autodestructivo y desconsiderado jovenzuelo".
La historia transcurre durante el verano de 1975 en Provincetown, Massachusetts. Con 19 años, Bourdain acaba de perder una beca de escritura que daba por asegurada. Incapaz de aceptar el fracaso, inventa una nueva mentira y emprende un viaje para reencontrarse con Nancy (Emilia Jones), una compañera universitaria por la que siente una atracción evidente. El plan fracasa casi de inmediato. Sin dinero ni alojamiento, termina aceptando un puesto de lavaplatos en un restaurante dirigido por un cocinero al que todos llaman Chef (Antonio Banderas). Lo que comienza como una huida improvisada acaba convirtiéndose en una experiencia de aprendizaje que marcará el rumbo de su vida.
Tras el retrato empresarial de BlackBerry, Johnson vuelve a inspirarse en hechos reales, aunque esta vez se aleja de las convenciones habituales del biopic. Tony funciona, sobre todo, como un relato de iniciación con ecos del cine de Richard Linklater. La atmósfera remite a Dazed and Confused y Everybody Wants Some!!: jóvenes que trabajan, beben, se desafían y buscan un lugar en el mundo durante un verano que parece suspendido en el tiempo.
La fotografía de Michael Bauman, responsable también de Una batalla tras otra (One Battle After Another, 2025), aprovecha la luz de Cape Cod para construir un entorno que transmite humedad, sal y calor sin recurrir a la postal turística. El restaurante aparece como un espacio caótico y jerárquico, donde las jornadas interminables conviven con el sexismo, el consumo de cocaína y la presión constante del servicio. Johnson observa ese universo sin romantizarlo ni condenarlo. Le interesa mostrar cómo ese entorno terminó moldeando el carácter de Bourdain y su relación con la cocina como oficio.
El mayor acierto del film reside en negarse a presentar a su protagonista como un talento precoz. Dominic Sessa compone a un joven cuya mayor habilidad es la palabra, no el trabajo. Su inseguridad se esconde detrás de una fachada de arrogancia que se resquebraja cada vez que la realidad lo enfrenta a sus propias limitaciones. Ese contraste encuentra su equilibrio en Chef, el personaje de Antonio Banderas.
Banderas interpreta a un cocinero que ya ha recorrido el camino que Tony apenas empieza a descubrir. Lejos de los grandes discursos, enseña mediante gestos cotidianos: una corrección a tiempo, un consejo práctico, una mirada suficiente para señalar un error. La relación entre ambos evita los lugares comunes del maestro inspirador y encuentra su fuerza en la contención. Chef nunca pretende moldear a Bourdain; simplemente le muestra que el oficio exige disciplina, paciencia y compromiso. Banderas construye uno de los personajes más sobrios de su carrera reciente, apoyado en una interpretación que transmite autoridad sin necesidad de imponerse.
El reparto secundario acompaña con eficacia. Leo Woodall convierte a Sal en una influencia permanente sobre Tony, un compañero cuya tendencia al exceso representa el camino más fácil y destructivo. Lo que podría haber sido un personaje unidimensional adquiere matices gracias al carisma del actor. Emilia Jones, en cambio, dispone de menos espacio para desarrollar a Nancy, cuya relación con Bourdain termina funcionando más como detonante del relato que como un vínculo dramático plenamente desarrollado.
El tramo final introduce algunas convenciones que el relato había evitado hasta entonces. Aparecen escenas de revelación demasiado enfáticas y ciertos diálogos buscan resumir el aprendizaje del protagonista con frases que resultan más explicativas que necesarias. No llegan a desvirtuar el conjunto, pero sí reducen parte de la naturalidad que distinguía a la primera mitad.
Aun con esas concesiones, Tony consigue algo poco habitual dentro del biopic contemporáneo: observar a su protagonista antes del mito, cuando todavía era un joven perdido que improvisaba más de lo que comprendía. En lugar de explicar el nacimiento de una celebridad, Johnson se concentra en el proceso mediante el cual un muchacho acostumbrado a inventarse a sí mismo descubre que la identidad no se construye con palabras, sino con el trabajo cotidiano y la disciplina aprendida entre los fogones.