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Crítica de "Ausente": Desearte duele
"Ausente "(2011) es una película tan ambigua como su título. Lo que empieza siendo un thriller erótico entre un profesor acosado sexualmente por un alumno menor de edad se transforma en una tragedia shakesperiana con un desenlace inesperado.
Hablar demasiado de Ausente supone correr el riesgo de alterar la experiencia del espectador. Marco Berger construye la película sobre una serie de desplazamientos narrativos que funcionan precisamente porque llegan sin anunciarse. Basta saber que Martín (Javier De Pietro), un estudiante de secundaria, encuentra la manera de pasar una noche en la casa de su profesor de educación física (Carlos Echevarría). A partir de ese momento, la historia comienza a desarmar las certezas del espectador y a invertir las relaciones de poder que parecían definidas desde el inicio.
Si en Plan B Berger había demostrado una notable capacidad para construir erotismo a partir de la espera, aquí lleva ese mecanismo un paso más allá. La tensión nace de aquello que permanece fuera de campo, de las miradas, de los silencios y de una puesta en escena que nunca necesita subrayar lo evidente. La cámara evita el registro convencional del cuerpo y encuentra sensualidad en detalles mínimos, en fragmentos aparentemente insignificantes que adquieren un peso dramático inesperado.
Lo más interesante de Ausente es que nunca busca ofrecer respuestas tranquilizadoras. Berger propone un juego de percepciones donde el espectador modifica constantemente su posición frente a los personajes. Las categorías morales parecen desdibujarse a medida que la historia avanza, obligando a revisar cada gesto y cada decisión desde una perspectiva distinta. Más que provocar, la película incomoda porque cuestiona la facilidad con la que solemos identificar víctimas, responsables y deseos.
Javier De Pietro sostiene buena parte de esa ambigüedad con una interpretación contenida y calculada. Su Martín nunca resulta completamente transparente; detrás de cada acción parece esconder una intención diferente. Carlos Echevarría, por su parte, construye un personaje marcado por la represión emocional. Su aparente serenidad se va resquebrajando de forma casi imperceptible, hasta convertir el conflicto interior en el verdadero centro dramático de la película.
Antonella Costa, en un rol secundario pero significativo, aporta un contrapunto que permite observar al profesor fuera de esa relación de creciente tensión. Su presencia amplía el universo del personaje y evita que la historia quede encerrada en un único vínculo.
La música de Pedro Irusta también cumple un papel decisivo. Más que acompañar las imágenes, trabaja sobre la expectativa del espectador, potenciando la incertidumbre y reforzando una puesta en escena donde el fuera de campo y los primeros planos tienen tanta importancia como aquello que efectivamente sucede.
Berger confirma aquí una identidad autoral reconocible. Como en Plan B, el conflicto se desarrolla en los espacios vacíos, en las pausas y en lo que los personajes callan. Sin embargo, Ausente alcanza un grado mayor de precisión narrativa y emocional. Cada escena parece avanzar sobre un terreno inestable donde cualquier movimiento altera el equilibrio de la historia.
El título tampoco es casual. La ausencia no remite únicamente a una persona, sino a todo aquello que los personajes no pueden nombrar, expresar o recuperar. Habla del deseo contenido, de las pérdidas inevitables, de la culpa, de las oportunidades que nunca llegan a concretarse y de la imposibilidad de controlar aquello que sentimos.
Con una notable economía narrativa, Ausente confirma a Marco Berger como uno de los directores argentinos que mejor ha explorado la complejidad del deseo desde el silencio y la sugerencia. Una película que evita el golpe de efecto para permanecer mucho tiempo después de que termina.